
El cuidado emocional en contextos de incertidumbre política
Coordinadora de la Escuela de Psicología
Campus Moyobamba

La incertidumbre política tiene un impacto directo y profundo en la salud emocional de las personas. Este impacto suele manifestarse en forma de estrés colectivo, una experiencia compartida y difusa que trasciende la suma de los estresores individuales. No se trata únicamente de que muchas personas estén estresadas al mismo tiempo, sino de que el sistema social en su conjunto se encuentra bajo presión, y esta tensión se transmite a sus miembros a través de dinámicas específicas.
Entre estas dinámicas destaca el contagio emocional y social, mediante el cual emociones como el miedo, la rabia, la frustración y la desesperanza se propagan rápidamente a través de la interacción cotidiana, los medios de comunicación y las redes sociales. De este modo, lo que una persona siente no solo se amplifica, sino que se replica en otros, generando un clima emocional compartido y cargado. Asimismo, se observan cambios en los patrones de comportamiento grupal, como el aumento de la protesta social —o, en el extremo opuesto, la apatía colectiva—, modificaciones en los hábitos de consumo (acaparamiento o gasto impulsivo) y la búsqueda de ‘chivos’ expiatorios. Todo ello altera la vida cotidiana, marcada por la preocupación constante ante los acontecimientos políticos.
Esta situación afecta de manera significativa la salud mental de niños, adolescentes y familias. En el caso de los niños, el impacto suele evidenciarse a través del juego traumático, en el que recrean escenas de violencia; dificultades escolares, como bajo rendimiento o rechazo a asistir a la escuela; cambios conductuales —irritabilidad, aislamiento o agresividad—, así como trastornos del sueño y síntomas físicos sin causa médica aparente.
En los adolescentes, la incertidumbre política puede desencadenar una crisis de identidad, ya que la falta de claridad sobre el futuro dificulta la planificación de estudios, carrera e independencia, generando sentimientos de desesperanza o nihilismo. A esto se suma el riesgo de adoptar conductas de afrontamiento disfuncionales, como el consumo de alcohol y drogas, comportamientos sexuales de riesgo o autolesiones.
A nivel familiar, el estrés sostenido incrementa el conflicto intrafamiliar, dado que la ansiedad y frustración de los adultos suelen traducirse en discusiones frecuentes y en un clima de tensión dentro del hogar.
Frente a esta problemática, resulta fundamental implementar estrategias psicológicas y comunitarias que permitan proteger la salud mental y fortalecer la resiliencia individual y colectiva. Entre ellas se destacan:
- Mantener o crear rutinas diarias relacionadas con la alimentación, el sueño y las actividades cotidianas, ya que proporcionan una sensación de estructura y control en contextos caóticos.
- Limitar la exposición a las noticias, dosificando el consumo de información, seleccionando fuentes fiables y estableciendo “horas sin noticias” para reducir la sobrecarga emocional y la desinformación.
- Practicar el autocuidado, priorizando el descanso adecuado, una alimentación saludable, la actividad física y espacios de ocio y relajación.
- Fomentar redes de apoyo vecinales, comunitarias o temáticas, donde las personas puedan compartir experiencias, recursos y estrategias de afrontamiento.
- Acceder a servicios de salud mental, así como a líderes comunitarios y trabajadores de primera línea capacitados en primeros auxilios psicológicos.
Finalmente, es importante resaltar que el cuidado de la salud mental debe ser una prioridad en todos los contextos, tanto individuales como sociales. De ello dependen los recursos de afrontamiento que las personas desarrollen para enfrentar las distintas crisis que atraviesan, así como su capacidad de convertirse en apoyo y sostén para otros en momentos de adversidad.