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Del escritorio al territorio: donde la lectura se volvió camino, latido y encuentro

Por: Mgtr. Elena Montalvo Hernández
Literata e Investigadora LIJ
Centro de Difusión Científica y Cultural UCV
mayo 12, 2026
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Hay momentos en los que el escritorio deja de alcanzarme, en los que la teoría —por más sólida que parezca— empieza a resquebrajarse, como si le faltara algo esencial: pulso, territorio, vida. Con el tiempo he comprendido que la lectura no ocurre únicamente en las páginas, sino en las personas que la hacen suya: en sus voces, en sus ritmos, en la forma en que se acercan —o se resisten— a las historias. Por eso, salir de ese espacio se vuelve para mí una necesidad íntima: acercarme, escuchar y dejarme tocar por aquello que, en el papel, nunca termina de decirse.

En la Gran Caravana Regional de la Lectura – Edición Andes Centrales, impulsada por la Biblioteca Nacional del Perú (BNP), no encontré solo una intervención cultural, sino una experiencia viva, de esas que siguen latiendo. Esta participación fue posible gracias al convenio de colaboración entre la Biblioteca Nacional del Perú y la Universidad César Vallejo: un vínculo que no solo articula instituciones, sino que permite que la lectura llegue allí donde más se necesita, al encuentro directo con las comunidades.

Vi cómo las palabras circulaban de mano en mano, cómo se abrían espacios donde antes había distancia, cómo emergían historias que no están escritas, pero habitan con fuerza en cada comunidad. Allí entendí que la lectura, cuando llega al territorio, deja de ser idea para volverse presencia: un encuentro, un vínculo, un derecho que se siente y se comparte.

Durante cuatro días, entre el 21 y el 24 de abril, llevamos libros, historias, alegrías y encuentros. Avanzamos como siguiendo un hilo vivo entre montañas, quebradas y plazas abiertas en Huánuco, Pasco, Junín, Huancavelica y Ayacucho. Y en cada lugar, algo se quedó conmigo. Cada parada no fue solo un punto en el recorrido, sino una huella: un gesto, una voz, una historia que encontró su lugar y se quedó.

En Ambo (Huánuco), la lectura se volvió fiesta. Llegó con música, risas y comunidad. Las familias hicieron suyo el espacio público y los libros dejaron de ser objetos lejanos para convertirse en excusa de encuentro. Nadie preguntaba qué leer, sino con quién compartir. Allí, entre manos curiosas y miradas encendidas, nuestra colección Historias para Todos se convirtió en puertas abiertas: invitaciones a entrar, a quedarse, a encontrarse y descubrir que leer también es un acto colectivo y humano.

En Yanacancha (Cerro de Pasco), junto a estudiantes de quinto de secundaria, los libros dejaron de ser tarea para convertirse en conversación. Leímos poemas de la colección Vallejo y, en ese gesto —simple y profundamente revelador—, la palabra poética encontró nuevos ecos. César Vallejo dejó de ser una figura distante para volverse una voz cercana, capaz de tocar lo más propio. Fue uno de esos instantes en los que los versos dejan de explicarse y pasan a vivirse.

En Llaupi, las colecciones del Centro de Difusión Científica y Cultural de la Universidad César Vallejo (CEDICC - UCV) hallaron un nuevo espacio en Yachay Wasi, un lugar que no solo guarda libros, sino que crece junto a su comunidad. Leímos, conversamos a partir de imágenes y jugamos con niñas y niños de primaria, dejando que las historias se construyeran entre sonrisas, asombro y preguntas. Allí, leer dejó de ser una actividad guiada para convertirse en una oportunidad para imaginar, observar, interpretar y sentir.

En Oxapampa, la lectura se transformó en creación. Junto a un grupo de jóvenes, exploramos la escritura a partir de nuestros álbumes ilustrados. De las imágenes nacieron versos, historias y fragmentos. Cada ilustración abrió un camino, y en ese proceso se hizo evidente algo profundo: leer también es crear, es atreverse a decir desde lo que se siente, se mira y se sueña.

En Ocopa, en la biblioteca pública Juan Julián Heras, la lectura se volvió juego y descubrimiento. Con los más pequeños, las historias se tejían entre canciones, imágenes y palabras que iban y venían como si nacieran en ese mismo instante. En esos encuentros, la lectura dejó de ser solo enseñanza para convertirse en descubrimiento, en una primera forma de habitar el mundo y de encontrarse con otros.

En Lircay, las niñas y los niños no aprendían a leer: jugaban a leer el mundo. Los cuentos en quechua no eran un recurso, sino memoria viva, identidad que se comparte. La oralidad y la imagen de los álbumes ilustrados se encontraron en un mismo latido, recordándonos que la lectura es una experiencia viva, profundamente arraigada en la cultura y en la comunidad.

En Ayacucho, todo se volvió celebración. Los adultos mayores, memoria viva del territorio, compartieron canciones y relatos que nacían de sus propias vivencias. La palabra se hizo canto, la memoria se volvió presente y la lectura encontró nuevas formas de resonar.

La Gran Caravana Regional de la Lectura llegó a más de 3000 personas, se implementaron diversos espacios de lectura y se inauguraron dos nuevas bibliotecas. En Huánuco, Pasco, Junín, Huancavelica y Ayacucho, los libros encontraron un nuevo hogar en las comunidades. Pero las cifras no bastan. No alcanzan para nombrar la emoción de quien sostuvo un libro por primera vez, la risa que brotaba en cada historia o el silencio atento de una comunidad que escucha. Porque hay experiencias —las más profundas— que no caben en números, sino en la memoria, en el cuerpo, en aquello que permanece sin hacer ruido.

Cada encuentro fue ensanchando mi corazón. Lo llenó de rostros, de palabras compartidas, de instantes que ya no se van. Porque hay viajes que no terminan cuando una regresa, sino cuando empiezan —silenciosamente— a habitarla por dentro.

Desde el CEDICC, este compromiso con la lectura y el territorio se reafirma en cada experiencia: acercar los libros, abrir espacios de encuentro y seguir llevando la palabra allí donde se vuelve vida compartida.

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