
La tierra verde y el fin de la OTAN
Director de la Escuela de Administración y Negocios Internacionales
Campus Ate

La evolución de la política exterior de Donald Trump ha partido de un estoico MAGA de su primer mandato, desinteresado de temas internacionales, hacia un intervencionismo enmarcado en lo que algunos analistas han denominado como “Doctrina Donroe”, una actualización de esta doctrina que justificó la intervención estadounidense en Latinoamérica durante el siglo XIX para afianzar su influencia. Si observamos los hechos recientes, se comienza a notar un patrón en el actuar de Trump.
Podemos partir analizando el incremento de aranceles anunciado el año pasado, hasta 145 % a China, 10 % a 20 % al resto del mundo, incluyendo aliados. Esta situación de tensión generó diversas reacciones y predicciones, desde la indignación de diversos mandatarios, pasando por la incertidumbre en los mercados, hasta el pronóstico del fin del comercio internacional como lo conocemos por el auge de un proteccionismo generalizado. Sin embargo, con el pasar de las semanas, fuimos observando que estas propuestas extremas tienen como objetivo conseguir concesiones que antes se considerarían impensables: con México y Canadá se lograron nuevos protocolos de seguridad fronteriza con la condición de suspender “temporalmente” los aranceles de 25 %, con los aranceles al acero y el aluminio se presionó a la UE para que incremente su gasto en defensa (2 % del PBI), y con China solo se redujeron los aranceles tras largas negociaciones donde se logró el compromiso de que compren 12 millones de toneladas métricas de soja estadounidense en solo 4 meses, lo que normalmente compraría en medio año, con el objetivo de evitar pérdidas significativas para el sector agro.
Para demostrar que no todo son palabras, el gobierno estadounidense demuestra su capacidad de acción con intervenciones militares como las de Venezuela, el embargo de buques petroleros rusos o la destrucción de instalaciones trascendentales para el plan nuclear iraní, todas ellas justificadas oficialmente bajo el argumento de la “seguridad nacional”.
Con estos antecedentes, ¿qué podemos esperar de las ambiciones estadounidenses en Groenlandia? y ¿Por qué Groenlandia?
Las sagas nórdicas cuentan que Erick el Rojo, un vikingo islandés exiliado por asesinato, navegó hacia el oeste y encontró una tierra vasta y desolada. Al culminar el tiempo de su castigo, regresó y contó su hallazgo, denominando como Grønland (Tierra Verde) a este lugar, debido a que, según él, estaba lleno de prados, zonas de pastoreo y áreas fértiles. Convenció así a muchos colonos de que lo acompañen de regreso. Este curioso caso de publicidad engañosa terminó en una colonia vikinga que prosperó a base de exportar marfil de morsa hasta que los europeos decidieron sustituirlo por marfil de elefante, el cual era más fácil de trabajar.
En la actualidad, Groenlandia es clave por los recursos que posee, tales como oro, petróleo, uranio y las tan famosas tierras raras, de las cuales el principal proveedor mundial es China y son esenciales para el desarrollo de productos tecnológicos. También, por las nuevas rutas comerciales generadas por el deshielo del Ártico, producto del calentamiento global y cambio climático que irónicamente niega Trump. Además, una mayor presencia estadounidense en la isla busca alejar la posible influencia rusa e incluso china. Sin embargo, el embajador ruso en Dinamarca ha manifestado el desinterés de Moscú en el territorio (RTVE.es, 2026).
Donald Trump ha señalado que desea comprar la isla a Dinamarca, pero también ha sugerido que una anexión por seguridad nacional es una opción, lo que ha puesto a la OTAN en una crisis sin precedentes. Y es aquí donde vuelve a aparecer la manera Trump de conseguir las cosas, proponiendo un escenario extremo. La ruptura de la OTAN, que varios políticos de Europa Occidental han señalado como consecuencia directa e inmediata de una intervención militar estadounidense en Groenlandia, significaría desde sanciones económicas hasta el quiebre diplomático, debilitando el principal mecanismo de contención frente a Rusia. Con mucho pesimismo, este escenario podría representar un mundo dividido en 3 esferas de influencia en función de las principales potencias militares del planeta: Estados Unidos en América Latina, China en Asia y Rusia en Europa. Similar al descrito por George Orwell en 1984.
Pero ya sabemos que esta postura extrema es en realidad una palanca para conseguir otro tipo de concesiones en favor de los estadounidenses. Podemos hipotetizar que, en una salida diplomática y para evitar escaladas militares, los europeos terminarán cediendo mayor acceso en la isla a los americanos, quizás incluso facilidades para la extracción de los recursos estratégicos. Aunque encuestas y declaraciones oficiales indican que una amplia mayoría de la población groenlandesa no desea ni la independencia plena ni la anexión a Estados Unidos. El propio gobierno de Groenlandia ha reiterado que la isla no está en venta y que su defensa debe mantenerse dentro del marco de la OTAN (Reuters, 2026).
Sin embargo, Francia, Alemania, Suecia y Noruega han enviado tropas a la isla para participar en ejercicios militares en coordinación con el ejército danés (RTVE.es, 2026). Frente a ello, Donald Trump ha vuelto a esgrimir los aranceles como instrumento de presión al señalar que los incrementará a las naciones que se opongan a sus ambiciones en Groenlandia (CNN Español, 2026).
Las lecciones que deja esta situación para el Perú son que Estados Unidos está dispuesto a reafirmar su influencia geopolítica. Puede que la “Doctrina Donroe” considere que tener un puerto en Sudamérica operado por capitales chinos atente contra la “seguridad nacional” estadounidense y “sugiera” que reevaluemos nuestra relación comercial con el gigante asiático. Así también, quizás se interesen en los recursos que un país multidiverso como el nuestro, después de todo, Trump no ha tenido reparos en aceptar una y otra vez que la intervención en Venezuela tuvo como objetivo principal el petróleo. La excusa de llevar democracia era muy de inicios de siglo. La manera en que los Estados Unidos está gestionando sus intereses en Groenlandia, tensionando incluso sus vínculos con aliados históricos, debería servir como referencia para anticipar futuros escenarios de presión geopolítica en América Latina.
En conclusión, el caso de Groenlandia evidencia una estrategia estadounidense orientada a conseguir ventajas geopolíticas mediante la presión, la disuasión y la negociación asimétrica, incluso a costa de tensar sus relaciones con aliados históricos. Más que una ruptura efectiva del orden internacional, estas acciones parecen buscar una redefinición de los términos de acceso a recursos estratégicos y espacios de influencia. Para países como el Perú, este escenario subraya la importancia de anticipar lecturas realistas de la política exterior estadounidense.