
Inteligencia emocional: la habilidad que define el futuro profesional
Docente de la Escuela de Administración de Empresas
Campus Piura

En la universidad se prioriza el aprendizaje de teorías, modelos y herramientas propias de cada disciplina; sin embargo, existe una dimensión que no siempre recibe la atención necesaria y corresponde a la inteligencia emocional. Esto es lo que permite reconocer y regular las emociones propias y ajenas; influye directamente en el desempeño académico y en la futura inserción laboral. No es raro observar estudiantes con un alto rendimiento académico que, frente a situaciones de presión, conflictos grupales o frustraciones, no logran responder de manera adecuada. Esta realidad evidencia que el conocimiento técnico por sí solo no garantiza un desempeño integral, pues las emociones, cuando no se comprenden ni se gestionan, pueden convertirse en un obstáculo significativo.
Durante mucho tiempo, la formación profesional ha estado centrada en el desarrollo cognitivo; no obstante, las exigencias del entorno actual demandan profesionales capaces de comunicarse, trabajar en equipo y adaptarse a contextos cambiantes. En carreras como Administración, estas competencias resultan esenciales, ya que el ejercicio profesional implica liderar, tomar decisiones y enfrentar situaciones complejas de manera constante.
Por ello, es necesario replantear el enfoque educativo a través de la formación de profesionales íntegros, lo que implica también educar personas e incorporar la inteligencia emocional en el proceso formativo. Además de promover el respeto, la empatía y la autorregulación emocional dentro del aula, esta transformación estructural contribuye significativamente al desarrollo del estudiante. En este sentido, se pueden considerar acciones concretas como incentivar la participación en un ambiente de respeto y confianza, fomentar el trabajo en equipo basado en la empatía, enseñar estrategias básicas para el manejo del estrés y valorar el error como parte del aprendizaje.
Finalmente, es importante reconocer que el éxito profesional no depende únicamente del conocimiento adquirido, sino también de la capacidad de gestionar las emociones en contextos reales, donde un profesional emocionalmente inteligente no solo resuelve problemas, sino que construye relaciones, lidera con criterio y se adapta a los cambios. La universidad, en este contexto, tiene el desafío de formar individuos capaces de enfrentar no solo retos académicos, sino también personales y sociales. La pregunta que surge es clara: ¿estamos formando profesionales competentes o personas preparadas para la vida?