
Bitácora lectora: Umberto Eco y el libro como memoria vegetal
Directora artística, autora e ilustradora
Centro de Difusión Científica y Cultural UCV

Desde la Dirección Artística de la colección Historias para Todos del Centro de Difusión Científica y Cultural (CEDICC), deseo expresar mi profundo agradecimiento a Blindaje para el Cora, de la Dirección de Salud, por el trabajo colaborativo que ha permitido desarrollar los workshops “Historias para Todos: Refugio, escritura e ilustración”.
Estos encuentros nacen de una mirada compartida: reconocer que la literatura, el arte y la creación pueden abrir espacios de bienestar, reflexión y encuentro con nosotros mismos y con los demás. El libro álbum, en particular, nos ofrece un territorio artístico donde palabra e imagen dialogan para acompañar procesos humanos, emocionales y educativos.
En este espíritu, comparto con toda la comunidad vallejiana este artículo dedicado a Umberto Eco, una de las figuras más relevantes del pensamiento contemporáneo, cuya obra nos recuerda que leer no significa solamente descifrar textos, sino interpretar el mundo, construir significados y establecer vínculos con nuestra propia memoria y con la cultura que habitamos.
Hablar de Umberto Eco es hablar de uno de los grandes intelectuales de nuestro tiempo. Filósofo, semiólogo, medievalista, ensayista, novelista y profesor universitario, Eco dedicó su vida a comprender cómo construimos significado a través de los signos, las palabras, las imágenes y los libros. Su pensamiento transformó los estudios sobre literatura, comunicación y cultura, dejando un legado que continúa inspirando a investigadores, docentes, bibliotecarios, mediadores de lectura, artistas y comunidades lectoras de todo el mundo.
Sin embargo, antes de convertirse en uno de los más grandes pensadores contemporáneos, Umberto Eco fue, sencillamente, un niño que descubrió el placer de leer gracias a su abuela. Ella era una lectora incansable que prestaba libros a una biblioteca itinerante. Fue ella quien despertó en Eco el amor por la lectura y le enseñó que los libros no conocen fronteras: podían ser clásicos o contemporáneos; novelas, ensayos, cuentos, poesía, historia o aventuras. Lo importante era mantener viva la curiosidad y el valor de la historia.
Esa experiencia marcaría profundamente toda su vida. Eco defendió siempre una lectura amplia, libre y diversa. Invitaba a leer todos los géneros, convencido de que cada libro ofrece una manera distinta de comprender el mundo y de que ninguna lectura es inútil cuando despierta preguntas, imaginación y pensamiento crítico.
Su curiosidad intelectual tampoco se limitó a la palabra escrita. Sentía una profunda admiración por la ilustración, realizaba dibujos y fue un apasionado lector de historietas (fumetti). Nunca estableció una jerarquía entre la llamada alta cultura y la cultura popular; por el contrario, entendía que ambas dialogan y enriquecen nuestra capacidad de interpretar la realidad.
Esta mirada resulta especialmente significativa para comprender el valor del libro álbum, un territorio artístico donde palabra e imagen no compiten, sino que dialogan para construir nuevos sentidos. En el libro álbum, cada elemento visual y textual participa en la creación de una experiencia lectora donde interpretar también significa observar, imaginar y establecer conexiones.
Entre sus reflexiones más hermosas destaca la idea del libro como memoria vegetal. El papel, proveniente de una transformación de la materia vegetal, se convierte en el soporte donde la humanidad conserva su memoria. En los libros permanecen las ideas, las preguntas, los descubrimientos, las emociones y las historias que una generación entrega a la siguiente. Gracias a ellos, la memoria humana supera los límites del tiempo y continúa dialogando con nuevos lectores.
Desde esta perspectiva, la biblioteca deja de ser un simple lugar donde se almacenan libros. Se convierte en un organismo vivo, en un espacio donde las ideas se encuentran, dialogan y se transforman. Cada libro dialoga transversalmente con otros libros y cada lector aporta nuevas interpretaciones, manteniendo viva la cultura.
Esta concepción alcanza una de sus expresiones más poderosas en Il nome della rosa. En la novela, la biblioteca de la abadía es mucho más que un escenario: representa el inmenso laberinto del conocimiento humano. Sus corredores simbolizan la búsqueda incesante del saber, recordándonos que el conocimiento nunca es lineal ni definitivo, sino un camino abierto a nuevas preguntas, interpretaciones, descubrimientos y laberintos.
La propia biblioteca personal de Umberto Eco constituye un reflejo de esta filosofía. Durante toda su vida reunió más de treinta mil volúmenes modernos y alrededor de mil quinientos libros antiguos, formando una de las bibliotecas privadas más importantes de Europa. Aquella colección no era un simple acopio de libros, sino un mapa de su pensamiento, de sus investigaciones y de su permanente diálogo con la cultura universal. Hoy, este extraordinario patrimonio se conserva gracias a la Fondazione Umberto Eco y a la Universidad de Bolonia, permitiendo que investigadores y lectores continúen recorriendo ese universo intelectual.
La reflexión de Eco dialoga profundamente con la mediación lectora contemporánea. Formar lectores no consiste únicamente en enseñar a decodificar palabras o comprender textos. Significa crear oportunidades para que cada persona encuentre en los libros un espacio de descubrimiento, libertad, imaginación, dudas, preguntas, pensamiento crítico y encuentro con los otros.
Esta visión adquiere una resonancia especial cuando dialoga con la naturaleza. Si la memoria vegetal de Eco nace del árbol transformado en libro, también nos recuerda que toda cultura tiene raíces. El bosque produce la materia que sostiene la escritura; la lectura, a su vez, conserva la memoria de la humanidad. Naturaleza, raíces y cultura dejan de ser mundos separados para formar parte de un mismo ciclo de transmisión y creación.
Quizá esa sea una de las enseñanzas más profundas de Umberto Eco: los libros no existen para ser admirados desde la distancia, sino para ser leídos, interrogados, compartidos y reinterpretados. Cada lector prolonga la vida de un libro y cada biblioteca mantiene abierta la posibilidad de nuevos encuentros.
Este artículo se enmarca en una experiencia de colaboración institucional que ha reunido distintos campus de la Universidad César Vallejo. Como parte de este camino, los días 24 de junio y 1 de julio se desarrolló la capacitación nacional dirigida al cuerpo de psicólogos de los 12 campus universitarios, bajo el título "Mirar el mundo y encontrarnos: descubriendo el álbum ilustrado". Asimismo, los días 13 y 16 de julio se realizaron encuentros dedicados a la comunidad de estudiantes vallejianos, acercándolos al universo de la lectura, la escritura y la ilustración como herramientas de expresión y bienestar.
A través de estas experiencias, CEDICC y la Dirección de Salud reafirman una visión común: la cultura y el arte pueden convertirse en espacios de acompañamiento, diálogo y transformación, porque cada historia compartida abre una posibilidad de encuentro.
Invitamos a toda la comunidad vallejiana a acercarse y descubrir las bibliotecas de los distintos campus universitarios, nuestros Centros de Información, espacios vivos de conocimiento, lectura e intercambio, donde cada libro espera abrir una nueva conversación con sus lectores y mantener viva la memoria que habita en sus páginas.