
La indiferencia social también se alimenta de la superficialidad digital
Docente de la Escuela de Administración
Campus Piura

Vivimos en la era de mayor conectividad de la historia y, paradójicamente, en una de las épocas de mayor indiferencia social que se hayan registrado. Millones de personas comparten diariamente imágenes relacionadas con causas sociales, publican frases de solidaridad, añaden marcos de colores a sus fotografías de perfil en señal de apoyo a distintas realidades del mundo y, sin embargo, la brecha entre esa visibilidad digital y la acción real sigue siendo profunda y perturbadora.
Existe una diferencia fundamental entre sentirse afectado por algo durante los tres segundos que dura un video en la pantalla y comprometerse con una causa de manera sostenida en el tiempo. Este fenómeno no es casual ni inocente: es el resultado de un entorno digital diseñado para producir reacciones rápidas e intensas, pero fugaces, que entrena al usuario para responder emocionalmente a la superficie de los problemas sin detenerse nunca en su profundidad. Así, se genera una forma de participación social que tranquiliza la conciencia, pero no transforma ninguna realidad.
La superficialidad digital no es solo un hábito de consumo; es una pedagogía invisible que moldea la manera en que las personas se relacionan con el mundo y con los demás. Cuando el formato dominante de comunicación es el contenido de diez segundos, cuando la métrica de valor es el número de “me gusta” y cuando el algoritmo premia la emoción instantánea por encima de la reflexión sostenida, se está formando una generación de ciudadanos y consumidores acostumbrados a opinar sin informarse, a indignarse sin comprometerse y a olvidar con la misma velocidad con la que se escandalizan, porque el siguiente contenido ya está esperando al final del scroll.
Byung-Chul Han (2022) lo advierte con precisión en La sociedad del cansancio al señalar que la hiperconectividad no ha producido más empatía ni más comunidad, sino una saturación del yo que agota la capacidad de atención hacia el otro. De este modo, la vida digital se convierte en un ejercicio permanente de autoexposición que deja poco espacio para la escucha genuina, el pensamiento profundo y el compromiso real con aquello que duele fuera de la pantalla.
Señalar esto no equivale a condenar las redes sociales ni a negar su potencial para visibilizar realidades que, de otro modo, permanecerían invisibles. Equivale a exigir que tanto los creadores de contenido como los profesionales del marketing y la comunicación asuman una responsabilidad que con frecuencia eluden, porque diseñar contenido que activa emociones sin ofrecer contexto, que simplifica lo complejo para maximizar el alcance y que convierte el sufrimiento ajeno en material de engagement no es comunicación social responsable; es una forma sofisticada de alimentar la indiferencia bajo la ilusión de la sensibilidad.
Mientras el mundo digital siga premiando la reacción por encima de la reflexión y la viralidad por encima de la verdad, cada profesional debería hacerse una pregunta antes de publicar: ¿su contenido está contribuyendo a formar ciudadanos más informados y comprometidos, o simplemente consumidores más entretenidos y más fáciles de distraer?