
La transformación digital: ¿están preparadas las organizaciones peruanas?
Coordinadora de la Escuela de Administración
Campus Piura

Los debates sobre la transformación digital de los negocios en el Perú son cada vez más frecuentes. Sin embargo, existe una brecha entre el discurso y su implementación que no siempre se admite abiertamente. Por ello, la transformación digital no consiste en comprar computadoras, abrir cuentas en redes sociales de vez en cuando o escanear registros en papel. Esto significa, fundamentalmente, cambiar la forma en que una organización funciona, opera y crea valor para sus clientes a través de la toma de decisiones.
Y es aquí donde aparece la realidad: no es raro que empresas, e incluso instituciones públicas, afirmen estar transformándose digitalmente mientras siguen operando con procesos burocráticos, culturas organizacionales reacias al cambio y equipos sin las competencias necesarias para responder a contextos tecnológicos nuevos y exigentes. Históricamente, la adopción de tecnología en el Perú ha avanzado de manera desigual y fragmentada, lo que ha generado una brecha digital estructural entre las grandes empresas de Lima y las medianas y pequeñas del resto del país.
En 2020, la pandemia rompió ese equilibrio: obligó a organizaciones de todos los tamaños a digitalizarse en cuestión de meses. La experiencia fue, a la vez, desesperada y estimulante. Por un lado, la urgencia permitió que muchas organizaciones ajustaran rápidamente sus dinámicas de trabajo colaborativo; por otro, la mayoría de esas adaptaciones fueron respuestas improvisadas, del tipo “hacer lo que sea necesario”, sin tiempo para planificar y sin la guía de una estrategia a largo plazo.
De esta manera, existen varias acciones que toda organización debe asumir de manera sistemática y prioritaria. Primero, preparar digitalmente a sus equipos, no solo en habilidades técnicas, sino también en capacidades críticas. Como segundo punto, rediseñar los procesos internos con una lógica eficiente basada en datos antes de automatizarlos. En tercer lugar, construir una cultura de experimentación que tolere el fracaso, siempre que este se aproveche como aprendizaje organizacional. Finalmente, desarrollar una hoja de ruta digital bien articulada, con objetivos específicos e indicadores medibles, respaldada por el compromiso de la alta dirección. En este proceso, la transformación digital empieza por las personas; la infraestructura y las aplicaciones vienen después. Solo así se logra escalar de manera ordenada y no sin rumbo.
En definitiva, la transformación digital ya no es un tema que las organizaciones peruanas puedan seguir ignorando. En una sociedad que opera al ritmo de lo digital, quienes no se adapten quedarán rezagados frente a competidores que ya integraron estas capacidades y avanzan cada vez más rápido. El reto es real y el tiempo no juega a nuestro favor. La pregunta que las organizaciones deben responder con urgencia es la siguiente: ¿estamos cambiando de verdad y en profundidad la forma en que funcionan las cosas, o solo nos estamos envolviendo en un empaque nuevo y brillante para parecer versiones mejoradas de lo que siempre hemos sido?