
Simulacros de sismo: ¿estamos preparados o solo cumplimos?
Coordinador del programa SUBE
Campus Tarapoto

Un simulacro puede demostrar participación, pero ¿cómo comprobamos que las personas realmente saben actuar ante una emergencia?
En el Perú, los simulacros de sismo forman parte de la rutina de colegios, institutos, universidades, entidades públicas, empresas privadas y otras organizaciones. Llegado el momento, se interrumpen las actividades, suena la alarma y las personas siguen las indicaciones de seguridad. Al terminar, quedan los registros de asistencia, los informes y las fotografías. Todo parece haber salido bien. Sin embargo, hay una pregunta que me resulta difícil dejar de lado: ¿haber participado significa que estamos preparados para un sismo real?
Creo que los simulacros son necesarios. Nos ayudan a reconocer los espacios donde estudiamos o trabajamos y a pensar en cómo protegernos. Lo que me preocupa es que, en ocasiones, parezca más importante demostrar que se realizó la actividad que saber qué aprendieron quienes participaron. No es lo mismo cumplir con un cronograma que contar con personas capaces de reaccionar cuando aparece el peligro.
En un ejercicio anunciado, sabemos cuándo empezará todo. Hay responsables que orientan, rutas señaladas y un ambiente relativamente controlado. Un sismo real no funciona así. Puede sorprendernos durante una clase, en una oficina, en un pasillo o mientras atendemos al público. Además, el temor puede hacernos olvidar instrucciones que creíamos conocer. Por eso, me pregunto si estamos practicando para responder por nosotros mismos o solamente siguiendo a los demás durante unos minutos.
También es importante destacar cómo se define el éxito de estos ejercicios. Se suele destacar cuántas personas asistieron o cuánto duró el desplazamiento. Son datos útiles, pero no cuentan toda la historia. ¿Cuántos identificaron correctamente dónde protegerse? ¿Quiénes tuvieron dificultades? ¿Qué se hizo después para corregirlas? Y, sobre todo, ¿la siguiente práctica mostró alguna mejora? Me parece que estas respuestas dicen más sobre nuestra preparación que una fotografía grupal.
No propongo llenar de trámites a las instituciones. Al contrario, bastaría con dedicar unos minutos a escuchar a los participantes, anotar las dificultades más importantes y explicar cómo actuar mejor. Si una salida resulta confusa, hay que revisarla. Si alguien no conoce las recomendaciones, necesita orientación. Si un problema reaparece en cada ejercicio, deberíamos preguntarnos por qué no se ha resuelto. Un simulacro tiene sentido cuando ayuda a corregir algo antes de una emergencia verdadera.
La responsabilidad, desde luego, no es solo de quienes organizan. Como estudiantes, docentes, trabajadores o ciudadanos, también debemos tomar en serio estos espacios. A veces participamos por obligación o pensamos que es un tiempo perdido. Pero, en una situación real, no siempre habrá una persona a nuestro lado que nos indique qué hacer. Prepararnos exige prestar atención, hacer preguntas y reconocer lo que todavía desconocemos.
Considero que todas las organizaciones, sin importar su tamaño o si pertenecen al sector público o privado, deberían hacerse una pregunta sencilla después de cada simulacro: ¿qué sabemos hacer hoy que antes no sabíamos? Esa respuesta permitiría valorar el aprendizaje y no solo la asistencia. También ayudaría a reconocer el esfuerzo de quienes preparan estos ejercicios, porque mostrar las dificultades no significa fracasar; significa tener la oportunidad de mejorar.
Vivimos en un país donde los sismos son una posibilidad real. Por eso, la prevención no debería quedarse en una fecha marcada en el calendario. Necesitamos que lo aprendido se recuerde y se ponga en práctica con responsabilidad. No se trata de afirmar que los simulacros actuales no sirven, sino de pedir que su utilidad pueda verse en acciones concretas y en personas cada vez más seguras de cómo protegerse.
Al final, el éxito no debería medirse únicamente por la cantidad de participantes, las fotografías publicadas o el informe entregado. Un simulacro no termina cuando deja de sonar la alarma, sino cuando sabemos qué aprendimos, qué errores cometimos y qué debemos mejorar. La pregunta que deberíamos hacernos todos, desde un colegio hasta una gran empresa, es simple: si mañana ocurre un sismo, ¿tenemos razones para confiar en nuestra preparación o solamente constancia de que asistimos al último simulacro?