
El aula sin paredes: aprender más allá de la universidad
Docente de la Escuela de Administración de Empresas
Campus Piura

En la cultura peruana existe una creencia muy arraigada que asocia el aprendizaje exclusivamente con la educación formal: primero el colegio, luego la universidad y, si alcanza el tiempo y el dinero, un posgrado. Sin embargo, existe una dimensión del conocimiento que no cabe en los planes de estudio ni se certifica con un diploma y que influye de manera determinante en la trayectoria de las personas: el aprendizaje que ocurre fuera de las aulas.
No es raro encontrar profesionales que, al egresar de la universidad, detienen su formación como si el título marcara el fin del proceso y no el inicio de uno nuevo. Esta actitud, comprensible en un sistema que durante años premió la acumulación de créditos sobre la curiosidad genuina, tiene consecuencias reales en el desempeño laboral, en la capacidad de adaptación y en las posibilidades de crecimiento de quienes la adoptan. El conocimiento, en el mundo actual, no espera a que el semestre empiece ni se agota cuando termina la clase.
Durante mucho tiempo, acceder a formación de calidad fuera de las instituciones educativas fue una posibilidad reservada para quienes tenían recursos económicos o vivían en las grandes ciudades; sin embargo, la expansión de las plataformas digitales de aprendizaje ha transformado radicalmente ese panorama. En la actualidad, un estudiante universitario puede acceder a cursos dictados por profesores de universidades de élite mundial, aprender un idioma con hablantes nativos, certificarse en herramientas tecnológicas de alta demanda o participar en comunidades de práctica con profesionales de distintos países, todo ello desde su teléfono celular y, en muchos casos, de manera gratuita. Esta democratización del conocimiento es uno de los fenómenos más significativos de la última década y abre una oportunidad sin precedentes para los jóvenes peruanos que estén dispuestos a aprovecharla.
Las universidades, en este contexto, tienen también el desafío de formar estudiantes que no las necesiten para seguir creciendo. La pregunta que surge es inevitable: ¿estamos aprendiendo para aprobar o estamos aprendiendo para vivir?