
¿La inteligencia artificial nos hará más inteligentes o más dependientes?
Docente de la Escuela de Administración
Campus Piura

A lo largo de los años, toda la inteligencia artificial ha pasado de ser un concepto exclusivo de los laboratorios tecnológicos a formar parte de la vida diaria de millones de personas a una velocidad que pocos habían previsto. Ahora escribe correos electrónicos, ayuda a tomar decisiones médicas, elabora estrategias empresariales y también orienta sobre cómo encarar los exámenes en dos de las mejores universidades del mundo y todo ello con ese extraño pensamiento que imita al ser humano y que puede sostener durante tanto tiempo.
En medio de toda esta euforia tecnológica, hay una pregunta que no se hace con tanta frecuencia: ¿qué ocurre con la mente humana cuyo funcionamiento y capacidad para discernir se ve aún más disminuida al delegar en una máquina tareas que ahora son fáciles, que de otro modo requerirían esfuerzo, algo de pensamiento y el uso de su propio razonamiento? No es inusual ver tanto a estudiantes como a profesionales que, al enfrentarse a un problema difícil, recurren primero a una herramienta de IA en lugar de intentar resolver la cuestión original; y que, con el paso del tiempo, desarrollan poca paciencia para el esfuerzo cognitivo que exige pensar de forma independiente.
Tanto si fue la imprenta, la calculadora o internet, cada gran innovación técnica arrastró este debate durante algún tiempo. Como invariablemente ocurre, las primeras ansiedades coexistieron con ventajas reales y concretas, pero la IA plantea un problema cualitativamente distinto al de sus predecesores.
La calculadora liberó a los seres humanos del trabajo de los cálculos aritméticos para que pudieran pensar en problemas más sofisticados; pero la inteligencia artificial puede hacer esas cosas complejas: razonar, argumentar, crear y decidir. Por primera vez en la historia, esto significa que la tecnología no solo replica capacidades físicas o de memoria humanas, sino también habilidades cognitivas superiores. Esta cuestión se vuelve incluso más delicada en el contexto peruano donde persiste un desafío profundo en el sistema educativo para desarrollar el pensamiento crítico y la resolución de problemas pues si las inteligencias son solo una respuesta a aquello que la escuela no logró enseñar, se convierte en un camino conveniente, con consecuencias que quizá sean difíciles de revertir.
A partir de esta línea, podríamos considerar algunos criterios para ayudar en un uso informado y adecuado de estas herramientas: debe ser para comprobar, contrastar o complementar ideas ya pensadas con anterioridad, no un punto de partida que sustituya la investigación; continuar cultivando el hábito de encontrar soluciones autónomas antes de contactar la máquina con una solicitud, manteniendo y fortaleciendo así la capacidad analítica; desarrollar el juicio crítico que permita evaluar tanto la calidad como la veracidad de lo que produce la inteligencia artificial sin tomarlo como un hecho, una verdad absoluta; incorporar espacios de debate ético sobre el uso responsable de este tipo de tecnologías en la carrera universitaria.
Y, por último, recuerda que la IA en sí no es el problema ni, del todo, la solución; es un espejo que simplemente devuelve las decisiones que tomamos como individuos y como comunidad cuando se nos brinda conocimiento. Será una herramienta real para el progreso si se utiliza para pensar mejor, para elevar nuestro acceso a información que no teníamos antes y liberar tiempo y energía para actividades más creativas y humanas.
Las universidades y las instituciones de hoy no pueden confiar en la inteligencia artificial para someter a los seres humanos y deben formar a personas que sepan cómo convivir con ella sin rendirse. Y la pregunta definitoria, que tiene poco que ver con la tecnología, pero todo con nuestra humanidad: ¿vamos a implementar la IA para pensar más o, en cambio, como un medio para evadir nuestra necesidad de pensar?