
Pachamama en llamas: crisis ambiental, ética filosófica y el deber universitario ante el colapso ecológico
Docente de ODS

Desde la memoria ancestral de los pueblos andinos, dos deidades fundamentales articulan el sentido profundo de la existencia: Inti, el sol que ilumina y ordena el cosmos, y la Pachamama, la Madre Tierra que sostiene, nutre y da sentido a la vida. Esta cosmovisión no representa una creencia primitiva ni un vestigio folclórico; es, en esencia, una ontología relacional que reconoce al ser humano como parte integrante y corresponsable del tejido vital del planeta. En esa ética ancestral, el ambiente no era un recurso a explotar, sino un sujeto de derechos, un espacio de significados compartidos entre lo individual y lo colectivo, entre lo visible y lo sagrado.
Hoy, esa Madre Tierra está herida, y los datos lo confirman con una precisión que debería sacudir nuestra conciencia moral. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM, 2025), el año 2024 fue el más cálido desde que existen registros instrumentales hace 175 años, con una temperatura media global que superó en 1,55 °C los niveles preindustriales, traspasando el umbral crítico de 1,5 °C fijado por el Acuerdo de París. En paralelo, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA, 2024) advierte en su Informe sobre la Brecha de Emisiones que los países deben reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 42 % para 2030 y en un 57 % para 2035, o de lo contrario el objetivo climático acordado globalmente desaparecerá en menos de una década. Mientras tanto, el fenómeno de El Niño, cuya intensificación está directamente vinculada al calentamiento antropogénico, continúa devastando ecosistemas y comunidades en América Latina, incluido el Perú, con sequías, inundaciones y pérdidas irreparables de biodiversidad.

Ante esta realidad, la pregunta filosófica central no puede seguir siendo únicamente técnica o económica: ¿cómo producir más con menos impacto? La pregunta ética que urge es otra: ¿qué tipo de relación hemos construido con la naturaleza, y qué valores hemos erigido para justificar su destrucción sistemática? Hans Jonas, en su Principio de Responsabilidad (1979), ya advertía que la civilización tecnológica había generado un poder de actuación sobre la naturaleza sin precedentes históricos, y que tal poder exigía una ética proporcional a sus consecuencias. Destruir el equilibrio ecológico no es simplemente un error técnico; es un acto de irresponsabilidad moral intergeneracional. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 —en especial el ODS 13 (Acción por el Clima), el ODS 14 (Vida Submarina) y el ODS 15 (Vida de Ecosistemas Terrestres)— representan precisamente ese horizonte ético-normativo: un contrato filosófico entre generaciones presentes y futuras para garantizar que la vida, en su diversidad, siga siendo posible.
En este escenario, la universidad no puede ser un espectador neutral. La Universidad César Vallejo (UCV) ha asumido ese desafío con acciones concretas: su Programa de Gestión Ambiental Institucional involucra a toda su comunidad universitaria —docentes, estudiantes y personal administrativo— en la construcción de una cultura ecológica transversal a todas las áreas del conocimiento. La institución ha sido reconocida por cuarto año consecutivo entre las mejores universidades peruanas en sostenibilidad ambiental, según el Reporte de Sostenibilidad Ambiental en Universidades Peruanas (RSAUP, 2025) del Ministerio del Ambiente. Sus brigadas ambientales, proyectos de responsabilidad social con enfoque ecológico y la articulación explícita de su currícula con los ODS configuran una apuesta institucional que va más allá del discurso: es ética hecha práctica universitaria. Como señala la Dra. Carmen Aparcana, directora de Responsabilidad Social de la UCV, “la sostenibilidad es un eje que atraviesa la gestión universitaria y la relación de la institución con su entorno social y natural”.
Sin embargo, los desafíos que enfrentamos superan cualquier esfuerzo aislado. El colapso ambiental no es solo una crisis científica ni política: es, ante todo, una crisis de valores. La oportunidad histórica que tiene la educación universitaria es única: formar ciudadanos capaces de recuperar esa ética relacional que la cosmovisión andina nunca abandonó, y que la modernidad occidental, en su afán de dominio sobre la naturaleza, olvidó. La Pachamama no necesita nuestro lamento; necesita nuestra transformación ética, nuestra acción comprometida y la valentía intelectual de reconocer que no hay desarrollo humano posible sobre un planeta que agoniza. El deber universitario, hoy más que nunca, es ser la conciencia crítica y el motor de cambio que esta emergencia planetaria demanda.