
Salud mental en universitarios: cuando acompañar también es educar
Docente de la Escuela de Psicología
Campus Los Olivos

Ingresar a la universidad suele representar una etapa de oportunidades, crecimiento y construcción de un proyecto de vida. Sin embargo, detrás de las aulas, los trabajos académicos, los exámenes, las expectativas familiares y las relaciones afectivas existe una realidad que no siempre es visible: jóvenes que, mientras intentan construir su futuro profesional, enfrentan ansiedad, depresión, estrés, conflictos familiares, dificultades económicas y problemas en sus vínculos interpersonales. Esta realidad nos obliga a plantearnos una pregunta: ¿estamos formando solamente profesionales o también cuidamos a las personas que los están construyendo?
La salud mental de los universitarios ya no puede ser considerada un aspecto complementario de la educación superior. Constituye un componente fundamental de su formación integral, porque influye en la manera en que los estudiantes afrontan las exigencias de la vida universitaria, desarrollan sus capacidades, establecen relaciones y sostienen sus proyectos académicos y personales. En esta misma línea, la Organización de las Naciones Unidas señala que el bienestar mental de los jóvenes constituye una base para aprender, relacionarse y participar significativamente en la sociedad, y advierte que su salud mental está influida por el entorno familiar, educativo, social y tecnológico.
La evidencia científica permite dimensionar esta problemática. Un estudio realizado en estudiantes universitarios de Lima, publicado en 2025 y aplicado a 1920 participantes, reportó prevalencias de ansiedad en 29,4 %, depresión de 25,1 % y estrés de 24,1 %. Estos resultados muestran que las dificultades emocionales pueden aparecer en diferentes momentos de la trayectoria universitaria y que los estudiantes más jóvenes y aquellos que recién se incorporan a la universidad pueden enfrentar desafíos particulares.
Pero las cifras adquieren una dimensión aún más preocupante cuando observamos su relación con situaciones de riesgo. Aguilar-Sigueñas y Villarreal-Zegarra (2022), en estudiantes universitarios peruanos, encontraron una importante relación entre los síntomas de ansiedad y la ideación suicida. Asimismo, identificaron que una adecuada comunicación familiar podía actuar como factor protector. Estos hallazgos nos recuerdan que detrás de un estudiante que asiste a clases, cumple con sus trabajos y busca alcanzar sus metas puede existir una lucha emocional que permanece invisible.
Por ello, necesitamos cambiar la manera en que comprendemos el bienestar universitario. No basta con preguntar cuánto estudia un joven, revisar sus calificaciones o evaluar su asistencia. También debemos preguntarnos cómo está emocionalmente, cómo se relaciona con su familia, qué ocurre en sus vínculos afectivos y si cuenta con una red de apoyo cuando atraviesa una dificultad.
Durante mi experiencia en el ámbito universitario, he escuchado expresiones como: “Ya no puedo más” o “Lo di todo, miss”. También he observado rostros de angustia, silencios y miradas que expresan aquello que muchas veces los estudiantes no logran decir con palabras. Son experiencias que recuerdan que detrás de cada calificación existe una persona y que, en determinados momentos, un docente puede convertirse en el adulto que escucha, orienta y ayuda a identificar que algo no está bien.
Uno de los principales errores consiste precisamente en esperar que el estudiante solicite ayuda cuando el problema ya se encuentra avanzado. Algunos jóvenes consideran que deben resolver solos sus dificultades, temen ser juzgados o simplemente no reconocen que necesitan atención profesional. Por ello, pedir ayuda debe dejar de ser percibido como una señal de debilidad y convertirse en una expresión de responsabilidad y autocuidado.
En este escenario, las universidades tienen una responsabilidad que trasciende la enseñanza de una profesión. La prevención debe comenzar antes de que aparezca una crisis e incluir promoción de la salud mental, detección temprana, orientación psicológica, seguimiento de estudiantes en situación de vulnerabilidad, fortalecimiento de redes de apoyo y rutas claras de derivación hacia servicios especializados.
La prevención tampoco puede limitarse a una charla ocasional. Debe formar parte de una cultura institucional en la que docentes, tutores, autoridades y estudiantes participen en la construcción de espacios seguros, empáticos y capaces de responder oportunamente ante las dificultades emocionales. La ONU plantea precisamente que el bienestar de los jóvenes requiere un enfoque integral y ecosistémico, en el que intervengan la familia, las instituciones educativas, la comunidad y las redes de conexión.
Un ejemplo palpable es la experiencia de la Universidad César Vallejo (UCV), que viene desarrollando iniciativas orientadas al bienestar emocional de sus estudiantes. En 2025, implementó la iniciativa “Blindaje para el Cora”, desplegada en todos sus campus, con actividades destinadas a promover la expresión emocional, la integración, la confianza y el desarrollo de recursos para afrontar situaciones difíciles.
A ello se suma el Programa de Bienestar Psicológico desarrollado desde la Escuela de Psicología, articulado con el área de Formación Humanística, que dirige acciones preventivas especialmente a los estudiantes de los primeros ciclos. Estas intervenciones permiten recoger información sobre las necesidades emocionales de los jóvenes, acercarlos a la realidad de la vida universitaria y fortalecer vínculos de acompañamiento desde su ingreso. Esta articulación resulta valiosa porque permite que la prevención no aparezca únicamente cuando surge una crisis, sino que forme parte del proceso de adaptación y permanencia del estudiante en la universidad.
La importancia de estas acciones radica precisamente en que el acompañamiento no debería limitarse a intervenir cuando aparece una emergencia. Debe comenzar desde el ingreso y continuar durante toda la trayectoria universitaria: adaptación a la vida académica, dificultades de los primeros ciclos, relaciones interpersonales, presión académica, toma de decisiones, prácticas preprofesionales, preparación para el egreso y transición hacia el mundo laboral.
Además, la prevención debe centrarse no solamente en identificar factores de riesgo, sino también en fortalecer factores protectores. La comunicación familiar, las relaciones saludables, las redes de apoyo, el sentido de pertenencia, las actividades recreativas y deportivas, las habilidades socioemocionales y el acceso oportuno a servicios psicológicos pueden convertirse en recursos importantes para afrontar las dificultades.
Por eso, la pregunta universitaria no debería ser únicamente “¿quién está en riesgo?”, sino también “¿qué podemos hacer para que nuestros estudiantes estén mejor?”
La universidad no puede prometer una vida sin problemas. Sí puede ofrecer algo mucho más valioso: que ningún estudiante tenga que enfrentar solo sus momentos más difíciles. Hablar de salud mental universitaria es hablar también de aprendizaje, permanencia, convivencia y proyecto de vida.
La verdadera excelencia universitaria no debería medirse únicamente por el número de estudiantes que ingresan, egresan o alcanzan altos resultados académicos. También debería medirse por la capacidad de la institución para cuidar a las personas mientras aprenden, crecen y construyen su futuro.
En consecuencia, prevenir, escuchar y acompañar no son acciones periféricas de la educación superior; también son formas de educar. Una universidad que enseña formas profesionales; una universidad que además escucha, previene y acompaña, forma personas capaces de cuidar de sí mismas y de transformar positivamente su entorno.
Porque detrás de cada estudiante hay una historia que no aparece en sus calificaciones. Y muchas veces, escuchar a tiempo puede marcar la diferencia.