
Universidad, investigación y compromiso social
Docente de la Escuela de Administración de Empresas
Campus Piura

La universidad nació con una promesa que trasciende la formación de profesionales competentes: la promesa de pensar la sociedad, cuestionar sus estructuras y producir conocimiento que contribuya a transformarla en algo más justo, más equitativo y más digno para quienes la habitan. Sin embargo, existe una tensión creciente entre esa vocación fundacional y la lógica mercantil que ha permeado a buena parte de las instituciones de educación superior en América Latina. El valor de la universidad se mide por la empleabilidad de sus egresados, por el número de publicaciones indexadas o por la posición que ocupa en un ranking internacional, pero rara vez se pregunta si las investigaciones que se producen están respondiendo a los problemas reales de las comunidades que rodean a esa institución o simplemente acumulando indicadores en bases de datos que pocas personas leen y menos aún aplican. La pregunta por el compromiso social de la universidad no es retórica ni secundaria, es la pregunta que define si una institución educativa es un actor de transformación o simplemente un proveedor de títulos con barniz académico.
La investigación universitaria con genuino compromiso social no es aquella que estudia los problemas de la comunidad desde la distancia aséptica del laboratorio o del artículo científico, sino la que involucra a las personas afectadas en el proceso de producción del conocimiento. Es aquella que devuelve sus hallazgos en formatos accesibles y útiles para quienes los necesitan y que acepta ser evaluada no solo por el rigor metodológico de sus publicaciones, sino por el impacto concreto que genera en la vida de las personas. En las facultades de Ciencias Empresariales, esto implica que la investigación en administración, marketing, finanzas o gestión pública no puede agotarse en modelos teóricos desconectados del tejido productivo local, sino que debe dialogar con las pequeñas empresas, con los emprendedores informales, con los gobiernos locales y con las comunidades que necesitan conocimiento aplicado para tomar mejores decisiones.
El compromiso social de la universidad no es una declaración de principios que se incluye en un documento institucional y se olvida en la práctica cotidiana; es una elección que se renueva cada vez que un docente decide qué investigar, cada vez que un estudiante elige el tema de su tesis y cada vez que una institución decide a qué problemas destina sus recursos académicos. Una universidad que forma profesionales brillantes para mercados globales, pero que no ha contribuido en nada a resolver la pobreza, la desigualdad o la exclusión que existen a pocas cuadras de su campus, no está cumpliendo su promesa más importante, aquella que justifica ante la sociedad el privilegio de existir con autonomía y financiamiento público. De ahí nace la pregunta que cada docente investigador debería hacerse al iniciar un nuevo proyecto, que no sea únicamente si su metodología es rigurosa o si su revista de publicación está indexada en Scopus, sino que alguien fuera de la academia necesita lo que está a punto de producir y si ese alguien tendrá acceso real a sus resultados cuando el trabajo esté terminado.
