
La universidad y su deuda pendiente con la innovación
Docente de la Escuela de Administración
Campus Piura

La universidad es, por definición, el espacio donde el conocimiento se produce, se cuestiona y se renueva, sin embargo, existe una paradoja que pocas instituciones se atreven a reconocer con franqueza: la misma instancia que forma a los innovadores del mañana opera, con frecuencia, bajo estructuras, metodologías y culturas institucionales que la innovación lleva décadas esperando transformar. Hablar de innovación en los discursos de inicio de año académico es habitual en casi cualquier universidad peruana, pero convertirla en una práctica real, sistemática y transversal a toda la institución es una tarea que la mayoría aún tiene pendiente.
Durante mucho tiempo, las universidades peruanas han concentrado sus esfuerzos en el cumplimiento de estándares de licenciamiento y acreditación, lo cual es necesario pero insuficiente, pues cumplir con los requisitos mínimos del sistema no equivale a transformarse en una institución que innova de verdad, no obstante, el contexto actual exige dar ese paso con urgencia.
Los rankings universitarios latinoamericanos más reconocidos coinciden en señalar que las instituciones con mayor impacto en sus sociedades son aquellas que han logrado articular la formación académica con la investigación aplicada, el emprendimiento y la transferencia de conocimiento hacia los sectores productivos de su entorno. El potencial de contribución de una universidad verdaderamente innovadora es enorme y en gran medida desaprovechado en Perú, donde la economía regional depende en gran medida de la agroindustria, la pesca, el turismo y los servicios.
El conocimiento producido en el aula puede ser un cambio de juego para cadenas de producción completas, siempre que se desprenda de los meros registros académicos y encuentre la manera de llegar a quienes realmente lo necesitan.
Por eso, las universidades peruanas hoy necesitan replantear la descripción de la innovación, para que estas ambiciones se traduzcan en algo más que un eslogan que en una noción a medio formar.
En este sentido, podemos suponer que, si cada institución universitaria comprometida con la innovación impulsara ciertas transformaciones, serían: rediseñar los procesos de enseñanza mediante metodologías activas, en las que los estudiantes se enfrenten a un problema real (más allá del contenido teórico); desarrollar ecosistemas internos de emprendimiento e innovación en los que los estudiantes generen ideas guiadas por profesionales, así como por recursos institucionales; establecer alianzas estratégicas con empresas, organizaciones de gobierno local y sociedad civil para que la investigación universitaria responda adecuadamente a necesidades específicas del territorio; reconocer institucionalmente a quienes innovan en sus aulas (no necesariamente con dinero, pero sí de manera relevante), ya que toda innovación educativa es también investigación científica.
Ninguna de estas transformaciones ocurre de la noche a la mañana ni de un semestre a otro, pero todas nacen de un compromiso institucional por dejar de postergar un trabajo vital (y a veces arduo).
Formar profesionales competentes para el presente es, como mínimo, lo que se espera que haga cualquier institución educativa seria, pero formar a personas que construirán el futuro personas que imaginarán soluciones que aún no existen y transformarán sus entornos con rigor creativo es su verdadero don para la sociedad que la sustenta.
En demasiadas instituciones peruanas, esa promesa todavía es más un objetivo proclamado que una realidad accionable. La deuda existe, y es hora de empezar a saldarla. Toda institución universitaria debería preguntarse, con honestidad, a sus estudiantes, a su profesorado y a su comunidad: ¿Hablamos de seguir innovando, o la universidad se ha convertido en un lugar práctico donde se busca y se difunde?.