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Marketing: el arte de convertir la turbulencia en oportunidad

Por: Mgtr. George David Núñez Morante
Docente de la Escuela de Administración y Marketing
Campus Piura
mayo 7, 2026
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Después de la Segunda Guerra Mundial, el marketing comenzó a adquirir una relevancia estratégica dentro de las organizaciones, las cuales dejaron de enfocarse únicamente en producir para empezar también a identificar, e incluso crear, necesidades en los consumidores. Durante las décadas de 1950 y 1960, empresas como Procter & Gamble, Unilever y General Motors comprendieron que la clave no estaba solo en el producto, sino en la persuasión. En ese contexto desarrollaron estrategias de posicionamiento de marca y segmentación de mercados, dando lugar a lo que se denominó la era del consumo masivo, caracterizada por la abundancia de bienes y la necesidad de diferenciarse en la mente del consumidor.

Posteriormente, en la década de 1970, la crisis energética —derivada de la Crisis del petróleo de 1973— provocó un incremento significativo en los costos y una reducción del poder adquisitivo. El consumidor se volvió más racional y selectivo, lo que obligó al marketing a centrarse en propuestas de valor funcionales. En este escenario, marcas como Toyota y Honda destacaron al ofrecer vehículos eficientes en el consumo de combustible, mientras que Walmart consolidó su posicionamiento basado en precios bajos. El marketing dejó de enfocarse en lo aspiracional y pasó a resaltar beneficios económicos concretos.

En los años 80, con el avance de la globalización —proceso que se intensificó hacia el final de la década con eventos como la Caída del Muro de Berlín— surgió una mayor competencia internacional y una saturación de mercados. En este contexto, el marketing evolucionó hacia la construcción de marcas aspiracionales y emocionales. Empresas como Nike y Coca-Cola aprovecharon la cultura pop y referentes deportivos para generar vínculos emocionales con los consumidores, apostando por una identidad de marca sólida que trascendiera las características funcionales del producto.

Durante la década de 1990, con la aparición de internet, el marketing comenzó a orientarse hacia enfoques relacionales. Las empresas empezaron a valorar la personalización y la construcción de relaciones a largo plazo con los clientes. En este periodo, compañías como Amazon, Dell e eBay apostaron por modelos más cercanos al consumidor. Asimismo, el comercio electrónico dio sus primeros pasos: en 1994 se registraron transacciones emblemáticas como la compra de una pizza en línea, lo que, aunque hoy parece básico, representó una verdadera revolución en su momento.

A partir del año 2000, el entorno estuvo marcado por dos factores clave: la consolidación de internet y la Crisis financiera de 2008, que generaron desconfianza y cambios en los patrones de consumo. En este escenario, empresas como Apple, Google y Facebook aprovecharon la digitalización desde diferentes frentes: innovación centrada en la experiencia del usuario, publicidad basada en datos y segmentación avanzada de audiencias, respectivamente. El marketing se volvió medible, interactivo y altamente personalizado.

Ya en la década de 2010, el consumidor se empoderó gracias a las redes sociales y al acceso a la información. En este contexto, el marketing se enfocó en la experiencia del cliente y la inmediatez. Empresas como Netflix, Uber, Airbnb y Zara destacaron al ofrecer servicios personalizados, ágiles y adaptados a las nuevas expectativas del usuario. El valor ya no residía únicamente en el producto, sino en la experiencia integral.

Finalmente, en la presente década, marcada por la incertidumbre global y la aceleración de la transformación digital tras la pandemia, los hábitos de consumo han cambiado de forma abrupta. Las marcas han respondido fortaleciendo estrategias omnicanal, priorizando la inmediatez y centrando sus decisiones en el valor percibido por el cliente. Este entorno ha evidenciado que el marketing no es estático, sino una disciplina en constante evolución, estrechamente ligada a los cambios del contexto.

Hoy, la irrupción de la inteligencia artificial abre una nueva etapa. Más que una tendencia, representa una nueva forma de entender al consumidor, anticipar sus necesidades y redefinir la propuesta de valor. La pregunta ya no es si el marketing cambiará, sino qué tan rápido seremos capaces de adaptarnos a esta nueva turbulencia que, como en décadas anteriores, también traerá consigo grandes oportunidades.

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