Encuentra el programa que buscas
Mas-alla-de-las-aulas

Más allá de las aulas: el verdadero impacto de un profesor

Por: Dra. Suysuy Chambergo Ericka Julissa
Docente de la Escuela de Administración
Campus Piura
septiembre 11, 2026
Compartir
Mas-alla-de-las-aulas

Pregunta a casi cualquier profesional autor, ingeniero, conserje, presidente qué recuerda de sus días de universidad y no escucharás “un examen parcial”, “una fecha histórica” ni siquiera “la fórmula que tuve que memorizar”. Lo que a menudo se queda con la mayor claridad, incluso décadas después, es la imagen de un profesor que creyó en algo en un momento en que ese estudiante dudaba más, o que hizo la pregunta correcta justo cuando hacía falta, o que, con algún comentario casual, reescribió la relación de esa persona con su campo. 

Muchas veces vemos instituciones universitarias que miden a su profesorado solo mediante indicadores de productividad académica, publicaciones o cumplimiento de un programa, sin incorporar a ninguna métrica lo que ocurre en el punto más crítico de la enseñanza: el vínculo humano entre la persona que enseña y la persona que aprende.

El modelo universitario ha idealizado al profesor como guardián de una sabiduría reprimida dentro de su disciplina, sin comprender que el especialista en la imaginación no se especializa meramente en un campo, sino en tu estado local más profundo, artístico, ingenuo y lineal, eterno, basado en el sentido común: el único concepto inadecuado que encarna el conocimiento (que encierra lo corporal y lo inmaterial son caminos que, dentro de las disciplinas, emergen) que debe fundirse con, o encontrarse a través, de los movimientos compuestos que encarnan tus estudiantes.

Pero, como han demostrado décadas de investigación sobre el aprendizaje, el aprendizaje más perdurable es algo más que el dominio del contenido: ¿sucede cuando los docentes generan confianza o quizá asombro? o simplemente están ahí para sus estudiantes en momentos críticos. Así que, más que un profesor que solo sabe lo mejor sobre lo que hace; más cerca de lo humano porque hay algo que haces que ningún texto podría escribir no otra asignación, sino fe en la de ellos y en la nuestra, en nuestro deseo infravalorado de más.

Y es por eso que las instituciones educativas deberían replantear la imagen de los docentes: cómo se instruyeron como formadores y cómo son percibidos de manera que los rasgos humanos los definan además de las competencias en sus áreas de especialidad.

Aquí podemos pensar en actitudes concretas que prescriben lo que significa ser docente fuera del aula: escuchar a un estudiante no solo porque necesitamos su respuesta, sino porque vamos a ponernos en su lugar y entender cómo abordó algo; elogiar el esfuerzo con tanta frecuencia que los errores queden en segundo plano; contar experiencias de fracaso y enseñarles, o, como dijo nuestro amigo, el conocimiento se construye, no se transmite; plantear en las aulas cuestiones en las que importan más las preguntas que las respuestas correctas; proporcionar continuidad entre lo que enseñas y lo que vives, ya que los estudiantes aprenden más de los contenidos impartidos por docentes que practican.

Y, por último, el efecto transformador de un gran maestro es casi imperceptible a corto plazo y abrumador a largo plazo. Sus impactos se diluyen en los rankings institucionales y en las tasas de aprobados al final del semestre: produce efectos que aparecen años después, cuando un antiguo estudiante realiza algún acto difícil de valentía que nunca habría imaginado que podría llevar a cabo, elige su profesión en sus propios términos o, como educadora, guía sus cuerpos hacia las formas de quienes les ayudaron, de manera insolente, a descubrirse por sí mismos.

Por eso, las universidades tienen el desafío de dejar de reducir la calidad docente a lo que los indicadores pueden capturar y empezar a preguntarse por lo que los indicadores no ven. Porque al final, lo que un estudiante lleva consigo al salir del aula no es un promedio, es una forma nueva de mirarse a sí mismo. Y la pregunta que cada institución debería hacerse con honestidad es esta: ¿estamos formando profesores que transmiten información, o estamos formando docentes que transforman personas?

Compartir