
“Mujeres que leen”: memoria, identidad y emancipación
Literata, investigadora y difusora cultural
Centro de Difusión Científica y Cultural UCV

Mujeres que leen, de Cinzia Ghigliano, bajo la dirección artística de Carmen Plaza y publicado por el Fondo Editorial de la Universidad César Vallejo, se inscribe en la tradición del álbum ilustrado contemporáneo como una obra de notable densidad simbólica y estética. En sus páginas, cada figura femenina es representada con delicadeza, fuerza y autonomía, que afirma su derecho a pensar, imaginar y construir mundos propios. La obra no solo celebra el acto de leer, sino que reivindica la lectura como práctica emancipadora y como espacio de construcción identitaria.
La estructura alfabética —de la A a la Z— remite deliberadamente al imaginario pedagógico de los primeros aprendizajes, pero que se distancia de ella, ya que aquí posee una carga simbólica: cada letra inaugura una existencia singular, una historia irrepetible que merece ser nombrada. Ana, Blanca, Carmen, Dolores, Esther… hasta Zoe: cada nombre convierte el acto de nombrar en un gesto de afirmación. Nombrar es reconocer; es otorgar presencia, dignidad y memoria.
Estas mujeres leen y, al hacerlo, se reconocen en sus lecturas. Cada autora y autor elegido amplía su horizonte y las inscribe en una tradición plural. Sus elecciones configuran una constelación intertextual que desborda fronteras geográficas y genéricas, construyendo una genealogía simbólica donde la mujer se asume heredera y continuadora. Por citar solo a unas de ellas: Ana dialoga con la ironía crítica de Altan; Blanca con la narrativa de Isabel Allende; Carmen con la épica gráfica de Hugo Pratt; Esther con la introspección de David Grossman; Susana con el imaginario de Lewis Carroll; Teresa con la pedagogía creativa de Gianni Rodari; Úrsula y Amaranta con el universo mítico de Gabriel García Márquez; Yasmina con la intensidad lírica de Emily Dickinson; y Zoe con la vastedad simbólica de Herman Melville. La lectura se configura, así, como diálogo, filiación y reescritura.

Asimismo, la conjunción entre palabra e imagen se sostiene en un equilibrio sutil y deliberado: la ilustración no acompaña pasivamente al texto, sino que lo expande y lo tensiona. La significación surge en ese espacio intermedio donde ambos lenguajes dialogan y exigen del lector una mirada atenta. Por ejemplo, en la escena dedicada a Teresa, observamos a la maestra rodeada de niños, entregada al acto de la lectura compartida. El texto destaca su vocación de enseñar a leer, pero también a mirar y a descubrir. Solo quien observa con detenimiento advierte el detalle revelador: el libro que sostiene es Donde viven los monstruos de Maurice Sendak. Ese hallazgo no es accesorio; confirma que la formación lectora implica imaginación, riesgo y exploración. La imagen, entonces, no ilustra el discurso: lo profundiza y lo completa.
Mujeres que leen articula, en definitiva, una ética de la lectura entendida como práctica de formación permanente. La niña, la joven, la mujer adulta y la anciana no se presentan como figuras fragmentadas, sino como expresiones de una misma continuidad interpretativa y vital. En este sentido, la obra trasciende su dimensión estética y se proyecta como una invitación a consolidar comunidades lectoras sólidas y conscientes. En aulas, bibliotecas y hogares, el libro abre un espacio de diálogo intergeneracional donde la lectura se convierte en experiencia compartida, capaz de despertar vocaciones, fortalecer la reflexión y reafirmar el derecho de cada mujer a pensar, imaginar y erigir su propia voz.

