
¿Qué le diría un docente de hoy a su versión estudiante de hace veinte años?
Docente de la Escuela de Administración
Campus Piura

Existe un ejercicio mental que pocos docentes se permiten hacer con honestidad: imaginar que pueden sentarse frente a sí mismos cuando tenían veinte años y decirles todo lo que la carrera, los años y los errores les enseñaron, y que ningún libro de texto contiene. No es un ejercicio nostálgico ni una invitación a la melancolía; es, en realidad, una forma poderosa de reflexionar sobre lo que verdaderamente importa en la formación de una persona y que, con frecuencia, se pierde en la urgencia de los sílabos, los exámenes y los informes académicos.
Durante mucho tiempo, la figura del docente universitario estuvo asociada a la transmisión del conocimiento disciplinar acumulado, con escaso espacio para la reflexión sobre el propio proceso de aprendizaje y crecimiento personal. No obstante, las exigencias del entorno actual han puesto sobre la mesa una verdad que la academia tardó en reconocer: los aprendizajes más decisivos de una carrera profesional no siempre ocurren en el aula.
Recuperarse de inmediato cuando surge un nuevo obstáculo; soportar largos períodos de incertidumbre; cultivar conexiones profundas dentro del alumnado y del personal docente, mientras se encuentra pasión en hacer este trabajo —aunque nadie lo pida—; estas habilidades no están contenidas en ninguna rúbrica, pero pueden determinar nuestro desarrollo como docentes y como personas.
Un/a profesor/a con veinte años de experiencia lleva consigo un conocimiento inherente, una verdad que no siempre es reconocible hasta que se comparte. Si esa verdad se hubiera revelado a tiempo, muchas de las dificultades que atravesamos al construir nuestro camino profesional podrían haberse afrontado de otra manera.
Y es por eso que el trabajo del profesor universitario necesita redefinirse: no solo como un transmisor de contenidos, sino como una prueba viva de un recorrido que puede dar fuerza, inspirar y también brindar ayuda a quienes recién están empezando el suyo. En este sentido, ya existen mensajes que un profesor experimentado podría dar al estudiante de veinte años que él fue y que, al mismo tiempo, conservarían un margen de verdad para los estudiantes de hoy: que el rendimiento en los exámenes no necesariamente es sinónimo de inteligencia ni determina el éxito; que la curiosidad vale más que aprender listas de respuestas; que las relaciones directas y generosas son duraderas y aportan más que los contactos estratégicos; que cometer errores no ocurre rara vez ni de forma esporádica, sino que forma parte del proceso mismo; y que encontrar la vocación y la claridad puede convertir el trabajo en algo que trasciende la obligación. No son lecciones que puedan enseñarse en un solo semestre; son lecciones que un buen profesor siembra con el ejemplo.
Finalmente, el docente debe comprender que enseñar no es solo una tarea, sino un diálogo abierto entre un veterano que ha recorrido parte de este camino y un neófito que apenas comienza a dar sus primeros pasos en él. Compartir no solo sus conocimientos, sino también sus dudas y sus aprendizajes más personales, no disminuye la autoridad de un docente: la vuelve mucho más humana. Y, al hacerlo, el docente realiza lo que ningún curso puede construir por sí solo: genera la confianza de que esta ruta es posible, imperfección incluida.
Sin embargo, las universidades tienen que hacer posible que este diálogo ocurra con mayor frecuencia y con niveles de mayor relevancia, ya que, a menudo, la educación verdaderamente transformadora no está en el programa, sino en lo que un docente declara con valentía fuera de él. De hecho, la pregunta que cada docente debería hacerse al entrar en cada nuevo período académico es, a la vez, engañosamente simple y transformadora: ¿Qué es lo que querría decirle a mi yo de hoy y por qué todavía no se lo estoy diciendo a los que tengo frente a mí?