
La motivación laboral: un factor que no debe pasar desapercibido en la gestión universitaria
Docente de la Escuela de Contabilidad
Campus Tarapoto

Trabajar no es solo cumplir tareas
En una universidad pública, muchas veces se habla de calidad educativa, investigación, acreditación y mejora de los servicios. Sin embargo, detrás de cada trámite, documento y atención al usuario hay personas que hacen posible que las actividades institucionales continúen. Desde mi perspectiva, uno de los aspectos que merece mayor atención es la motivación del personal administrativo, porque el trabajo no depende únicamente de las funciones asignadas, sino también de las condiciones en las que se realizan y del valor que cada trabajador siente que tiene para la institución.
En ocasiones, se piensa que un trabajador cumple con sus responsabilidades solo porque recibe una remuneración. Considero que esta idea es limitada. El salario es importante, pero también influyen el trato, el reconocimiento, la comunicación, las oportunidades de aprender y la posibilidad de aportar propuestas. Cuando estos aspectos se descuidan, las tareas pueden convertirse en una rutina que se cumple por obligación, sin el mismo compromiso que se alcanza cuando una persona se siente escuchada y valorada.
La motivación se refleja en el trabajo diario
En el área administrativa de las instituciones universitarias, las responsabilidades tienden a estar vinculadas entre sí. Un documento que no se revisa a tiempo, una comunicación impersonal y confusa o la falta de coordinación entre las áreas pueden retrasar otros procedimientos y afectar a docentes, estudiantes y usuarios. Todo ello me hace pensar que la motivación no es únicamente un tema que invita a la reflexión personal, sino que también puede tener repercusiones en la organización del trabajo y en la calidad de los servicios que ofrece la universidad.
Una persona motivada tiende a colaborar más, encontrar soluciones y realizar su trabajo de manera responsable. No se trata de que deba estar siempre de buen humor ni de que la motivación, por sí misma, resuelva los problemas. También se necesitan procedimientos claros, medios suficientes, una distribución adecuada de las tareas y una dirección que acompañe al equipo. No sería justo exigir compromiso sin ofrecer las condiciones necesarias.
El reconocimiento y el buen trato también importan
A mi entender, uno de los errores de ciertas organizaciones consiste en valorar el trabajo únicamente cuando surge un problema o cuando se requiere justificar los resultados. El trabajo cotidiano también merece reconocimiento. Un agradecimiento oportuno, una indicación expresada con respeto o la confianza para asumir responsabilidades pueden ayudar a que una persona sienta que su trabajo vale la pena.
Reconocer no implica dejar de supervisar ni aceptar los errores. Por el contrario, se puede exigir calidad y puntualidad sin recurrir a un trato denigrante. La comunicación respetuosa facilita señalar aquello que debe corregirse y, al mismo tiempo, establece un entorno que permite a los trabajadores manifestar dificultades y plantear mejoras. En una institución educativa que fomenta los valores y la formación profesional, estas prácticas también deberían reflejarse en su gestión interna.
La responsabilidad de la institución
La motivación laboral no debe basarse únicamente en la voluntad de cada trabajador. La institución también tiene su parte de responsabilidad: debe organizar adecuadamente las funciones, brindar orientación, facilitar la formación y establecer criterios claros para el desempeño. Asimismo, las decisiones deben comunicarse oportunamente y cada trabajador debe conocer qué se espera de su labor.
A veces, se exige productividad de manera inexcusable sin analizar los obstáculos que la dificultan. Se tiende a atribuir los retrasos a la falta de compromiso, sin considerar que pueden existir cargas laborales excesivas, instrucciones contradictorias o recursos insuficientes, entre otros factores. Esta perspectiva no elimina la responsabilidad personal, sino que ayuda a distinguir entre los aspectos que debe corregir el trabajador y aquellos que debe mejorar la organización.
Una reflexión necesaria para la gestión universitaria
Desde mi experiencia como trabajadora administrativa y como estudiante de Gestión Empresarial, creo que hablar de la calidad del desempeño laboral también implica mirar más allá del resultado final. Es necesario preguntarse cómo se organiza el trabajo, en qué condiciones se desarrolla y de qué manera la institución reconoce y valora el esfuerzo de las personas. La motivación no sustituye la preparación profesional ni el cumplimiento de las responsabilidades, pero puede reforzarlos cuando existe un clima de respeto, coordinación y oportunidades de mejora.
Por esta razón, las universidades públicas deben valorar la motivación como un aspecto relevante de la gestión del capital humano, que no debe quedar en un segundo plano. Escuchar al personal, reconocer los esfuerzos, fomentar la capacitación y revisar los problemas relacionados con la distribución de las tareas son acciones concretas que pueden contribuir a mejorar el servicio que se brinda. En definitiva, la calidad de una universidad no se construye solamente con normas y procedimientos, sino también con el esfuerzo de las personas que los aplican diariamente.
De ahí surge una pregunta para quienes dirigen las universidades y para quienes formamos parte de ellas: ¿podemos exigir un mejor desempeño laboral sin preocuparnos, al mismo tiempo, por las condiciones de trabajo, el trato y la motivación de quienes sostienen las actividades diarias? A mi juicio, mejorar la gestión empieza por comprender que los resultados institucionales y el bienestar laboral no son aspectos excluyentes, sino dos dimensiones que deben ir de la mano.