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La universidad frente a la inteligencia artificial: ¿aprender o copiar?

Por: Dr. Omar Coronado Zuloeta
Docente de la Escuela de Ingeniería Civil
Campus Chiclayo
octubre 19, 2026
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La inteligencia artificial ha llegado a la universidad con el propósito de establecerse de manera permanente. En la actualidad, cualquier estudiante tiene la capacidad de solicitar a herramientas como ChatGPT, Gemini o Copilot la redacción de un ensayo de diez páginas, la elaboración de un marco teórico, la resolución de un problema, la organización de una exposición o la creación de un informe completo en un lapso inferior a un minuto. Ante esta situación, la cuestión ya no radica en si los estudiantes utilizan inteligencia artificial, sino en si están realmente aprendiendo o simplemente están cumpliendo con la entrega de tareas.

Nos encontramos ante la más significativa transformación del aprendizaje universitario desde la aparición de Internet; sin embargo, continuamos abordándola con las mismas normas que se aplicaban hace tres décadas. El docente requiere la realización del mismo trabajo habitual, el estudiante lo completa utilizando inteligencia artificial en un lapso de cinco minutos y ambos simulan que hubo un proceso de aprendizaje. Eso no constituye educación, sino una representación teatral académica.

La inteligencia artificial, en esencia, no constituye un adversario. El inconveniente radica en la manera en que se está utilizando.

El primer riesgo consiste en la pérdida del pensamiento crítico. El aprendizaje requiere dedicación, ya que la redacción de un ensayo implica la lectura, la reflexión, la organización de ideas, la comparación de fuentes y la posibilidad de cometer errores. Cuando la inteligencia artificial lleva a cabo dicho proceso en nombre del estudiante, este obtiene el resultado final, pero carece del conocimiento del procedimiento utilizado. Presenta un documento que, aunque se caracteriza por una ortografía adecuada y citas que parecen ser sólidas, carece de la capacidad para defender de manera efectiva cualquiera de las ideas que expone. En los exámenes orales y en las sustentaciones, esa discrepancia se manifiesta de manera inmediata: posee la capacidad de exponer, pero carece de habilidades para argumentar.

A esto se añade un segundo riesgo: la dependencia cognitiva. Diversos estudios realizados en universidades de Estados Unidos y Europa alertan sobre el fenómeno conocido como «descarga cognitiva». Este término se refiere a la observación de que, a medida que se delega un mayor número de tareas a las máquinas, se produce una disminución en el ejercicio de la memoria, la capacidad de argumentación y la creatividad. Esta situación ya se manifiesta en las aulas y en los primeros empleos: egresados que no son capaces de redactar un informe sin asistencia, que no pueden resolver un problema sin el uso de una aplicación o que no logran explicar con sus propias palabras el contenido que han presentado por escrito. Se presenta una situación análoga a la que se observa con la calculadora y el sistema de posicionamiento global (GPS). No cabe duda de su utilidad; sin embargo, si un estudiante universitario no es capaz de razonar sin la asistencia de la máquina, entonces la institución educativa está formando operadores de comandos en lugar de profesionales competentes.

El tercer riesgo es de mayor gravedad: la desinformación. La inteligencia artificial genera información ficticia, incluidos autores, datos, resultados y referencias bibliográficas. De este modo, un estudiante que solicita a la inteligencia artificial un trabajo académico puede obtener un texto que presenta cifras atractivas, pero que contiene información errónea o se basa en fuentes inexistentes. Si el estudiante toma una decisión profesional mañana siguiendo el mismo criterio, el error no se traducirá en una calificación de cero en el curso, sino en una decisión inapropiada con consecuencias tangibles. En el ámbito profesional, la reproducción incorrecta de contenido no se limita a ser un acto de plagio, sino que también constituye una forma de negligencia.

A estos riesgos se suma una desigualdad que se manifiesta de manera sutil. La inteligencia artificial no proporciona beneficios equitativos para todos. El estudiante que cuenta con una sólida formación, una institución educativa de calidad y docentes competentes utiliza estos recursos para profundizar, contrastar y corregir su conocimiento. Aquella persona que presenta deficiencias en lectura y escritura la utiliza como un medio de sustitución. El primero incrementa su inteligencia mediante la inteligencia artificial, mientras que el segundo se torna más dependiente. Si la universidad no proporciona la instrucción adecuada para su uso, la brecha entre ambos se ampliará en lugar de reducirse.

No obstante, resultaría inapropiado y poco razonable imponer una prohibición. Prohibir la inteligencia artificial en 2026 es comparable a haber prohibido el acceso a internet en el año 2000 o la utilización de calculadoras en su momento. Los países desarrollados han comprendido este aspecto. En Finlandia, Singapur y Corea del Sur, las universidades no están prohibiendo la inteligencia artificial, sino que están reestructurando los métodos de evaluación. Ya no se solicita la elaboración de ensayos, dado que esta tarea puede ser realizada por una máquina. En su lugar, solicitan: «Aquí tiene un texto elaborado por inteligencia artificial; identifique los errores, realice las correcciones pertinentes, verifique las fuentes y defienda su contenido en clase». Asimismo, fomentan la realización de proyectos concretos, debates, trabajo en equipo, prácticas de campo y presentaciones sin el uso de dispositivos móviles.

En el Perú, por el contrario, continuamos inmersos en un debate erróneo. Numerosos docentes consideran la inteligencia artificial un recurso engañoso, mientras que muchos estudiantes la perciben como una vía alternativa para alcanzar sus objetivos. Ambos tienen fundamentos para sostener sus posturas, dado que no se les proporcionó una educación que les permitiera desarrollar una forma alternativa de relacionarse con ella. La UNESCO advirtió en 2023 que la inteligencia artificial puede constituir una valiosa herramienta para la personalización del aprendizaje. Sin embargo, en ausencia de una regulación ética y de una adecuada formación docente, puede representar un riesgo para la integridad académica y para el desarrollo del pensamiento crítico.

Ante este contexto, ¿cuáles son las acciones que debe emprender la universidad peruana?

En primer lugar, es necesario cesar la evaluación del producto y comenzar la evaluación del proceso. Si una tarea puede ser completada en un minuto mediante el uso de inteligencia artificial, entonces dicha tarea ha perdido su relevancia. Por lo tanto, es imperativo solicitar borradores, bitácoras de trabajo, reflexiones, defensas orales y las actividades desarrolladas en clase. De esta manera, el estudiante evidenciará su conocimiento, en lugar de simplemente saber cómo solicitar información a la máquina.

En segundo lugar, es necesario enseñar a utilizar la inteligencia artificial como una competencia y no como un simple recurso. Todo estudiante universitario en 2026 debe adquirir la habilidad de utilizarla de manera ética, lo que implica verificar fuentes, identificar información errónea, citar su uso y contrastar las respuestas obtenidas. Un profesional que no posea habilidades para utilizar la inteligencia artificial en la investigación, la organización de información, la optimización de procesos o la redacción de informes podría enfrentar dificultades en el mercado laboral. La inteligencia artificial no sustituirá a los profesionales; sin embargo, aquellos que sepan utilizarla tendrán una ventaja sobre quienes no lo hagan.

En tercer lugar, es necesario capacitar al docente. No se puede solicitar al profesor que identifique la inteligencia artificial de manera superficial ni que prohíba aquello que no comprende. La universidad tiene la responsabilidad de proporcionar capacitación a su cuerpo docente en el ámbito de la evaluación mediante inteligencia artificial y en materia de integridad académica. El educador del futuro no será aquel que se limite a impartir conocimientos, sino el que se dedique a diseñar experiencias de aprendizaje que la inteligencia artificial no pueda llevar a cabo de manera autónoma. Estas experiencias incluyen el debate, la formulación de preguntas desafiantes, la colaboración en proyectos con la comunidad, así como el análisis crítico y la reflexión.

Finalmente, es necesario restablecer el sentido de la adquisición de conocimientos. La universidad no tiene como objetivo principal la entrega de diplomas, sino la formación de individuos que desarrollen un pensamiento crítico y asuman la responsabilidad por sus acciones. Si un estudiante se gradúa sin poseer habilidades de argumentación, investigación y toma de decisiones, el título obtenido se convertirá en un simple documento de alto costo.

En conclusión, la inteligencia artificial nos plantea una cuestión que hemos eludido durante años: ¿cuál es la verdadera utilidad de asistir a la universidad si la información ya se encuentra disponible en los dispositivos móviles? La respuesta puede resultar incómoda; sin embargo, es liberadora: la universidad ha dejado de ser un mero proveedor de información y se ha transformado en un espacio destinado a fomentar el pensamiento crítico, la reflexión, la creatividad y la toma de decisiones fundamentadas. Ninguna máquina puede llevar a cabo esa tarea en nuestro lugar.

El desafío no radica en prohibir la inteligencia artificial, sino en emplearla para fomentar una mayor humanidad, en lugar de reducirla. Si se utiliza para copiar, se estará formando una generación capaz de presentar trabajos, pero que carece de la habilidad para pensar de manera crítica. Si se utiliza con fines educativos, se podrá formar la generación más capacitada que haya tenido el Perú.

La decisión no será tomada por la inteligencia artificial. Debemos tomarla nosotros, hoy, en el aula.

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