
San Martín escala al puesto 18: el ascenso que no basta para cerrar sus brechas
Docente de la Escuela de Administración de Empresas
Campus Tarapoto

Subir un puesto en un ranking nacional suena a victoria. En el papel lo es: San Martín pasó del puesto 19 al 18 entre las veinticinco regiones que mide el Índice de Competitividad Regional (INCORE) 2026, del Instituto Peruano de Economía (IPE). Antes de celebrar, conviene preguntarse si este peldaño cambia algo para el joven que termina el colegio sin saber si encontrará trabajo o para el pequeño empresario al que ningún banco le presta.
El INCORE mide seis pilares mediante 42 indicadores y, al abrir esa caja, aparece una región más contradictoria de lo que sugiere un solo número.
El propio informe permite medir el avance real. En 2016, San Martín ocupaba el puesto 16 de 25, con 3.8 puntos sobre 10. Una década después, se ubica en el puesto 18, con 4.9 puntos: una mejora de 1.1 puntos, ligeramente superior al promedio nacional, que en el mismo periodo pasó de 4.5 a 5.5 (+1.0). Y, sin embargo, la posición de San Martín cayó dos lugares.
La primera lección del INCORE 2026 es que una mejora en el puntaje absoluto no se traduce automáticamente en una mejor posición relativa: el ranking depende también del desempeño de las demás regiones.
El pilar Instituciones lo confirma. San Martín ocupa hoy el puesto 6 de 25, apoyada en una de las tasas de conflictividad social más bajas del país y en una caída de la victimización delictiva de 20.9 % a 17.4 %. Pero su puntaje es menor que el registrado en 2016, cuando bajó de 5.3 a 5.0. Una buena posición relativa, entonces, no equivale necesariamente a una mejora absoluta.
El problema más urgente, sin embargo, está en la relación entre educación y empleo. La proporción de jóvenes de 15 a 29 años que no estudian ni trabajan subió de 13.0 % a 15.2 % en un año, y San Martín cayó del puesto 3 al 9 en ese indicador. Solo 14.4 % de su fuerza laboral tiene educación superior completa, uno de los niveles más bajos del país.
El origen de ese cuello de botella se rastrea más atrás: apenas 19.7 % de los estudiantes de cuarto de primaria logra un aprendizaje satisfactorio en lectura, frente a un promedio nacional de 32.7 %. Una región que no forma lectores competentes a los nueve años difícilmente forma, quince años después, una fuerza laboral capaz de competir por empleos de calidad.
El otro punto ciego es la debilidad del entramado empresarial. Entorno Económico es el pilar más débil de San Martín, en el puesto 22 de 25, y el que más retrocedió en el país durante 2026, en parte porque la tenencia de cuentas bancarias entre la población adulta bajó de 53.0 % a 51.4 %.
Apenas 26.6 % de los adultos tiene acceso a crédito formal y solo 9.7 % de los trabajadores está empleado en empresas grandes, un indicador que revela la reducida presencia de negocios capaces de generar empleo a mayor escala. Sin negocios que crezcan, se formalicen y accedan a financiamiento, es difícil que exista la demanda de empleo formal que absorba a los jóvenes que sí logran estudiar.
La comparación más útil no es con el vecino inmediato del ranking, sino con la propia macrorregión: junto a Loreto, Ucayali y Amazonas, San Martín integra el bloque de peor desempeño relativo del país, y Loreto y Ucayali ocupan los dos últimos puestos desde 2020. Madre de Dios, en el puesto 13, muestra que una región amazónica puede construir una infraestructura competitiva; que San Martín la supere no es un consuelo, sino evidencia de que comparte buena parte de sus problemas de fondo.
Frente a ese diagnóstico, una de las tareas que corresponde a las universidades de la región, que en San Martín son tres, es revisar qué tan conectados están sus planes de estudio, en especial los de Administración de Empresas, con las cadenas productivas reales: cacao, café, palma, turismo y servicios.
La investigación aplicada y la extensión universitaria pueden ofrecer algo concreto: diagnósticos de gestión y acompañamiento técnico a asociaciones de productores y mypes que hoy no cumplen los requisitos mínimos que exige un banco. Las prácticas preprofesionales y los convenios de vinculación universidad-empresa pueden convertirse en el puente real entre los jóvenes que sí terminan una carrera y las empresas que necesitan profesionalizar su gestión para crecer.
A esto se suma lo que corresponde al Gobierno Regional y las municipalidades: generar condiciones de financiamiento, asistencia técnica y mercado para productores y emprendimientos, con instrumentos como PROCOMPITE y programas de primer empleo articulados entre el sector público, el privado y las universidades.
El puesto 18 del INCORE 2026 no es motivo de alarma ni de celebración; es un punto de partida para una pregunta más honesta. San Martín ha demostrado que puede mejorar su seguridad ciudadana y sostener una infraestructura por encima del promedio nacional.
Pero también ha demostrado que puede mejorar su puntaje más que el resto del país y, aun así, no acercarse a cerrar la brecha que separa a sus jóvenes de un empleo digno y a sus emprendedores de un crédito. La verdadera competitividad no se mide en la distancia que separa a la región del puesto 17 o del 19, sino en su capacidad de convertir su infraestructura, sus instituciones y su capital humano en oportunidades reales para quienes la habitan.
Esa es la carrera que la región San Martín, y también sus universidades, todavía tienen pendiente.