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Una economía bajo presión climática: los efectos del cambio climático

Por: Mgtr. Enrique Leveau Tuanama
Docente de la Escuela de Administración de Empresas
Campus Tarapoto
octubre 7, 2026
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El cambio climático ya no puede mirarse únicamente desde la perspectiva ambiental. Cuando un fenómeno como El Niño altera las lluvias, las temperaturas, el mar o las condiciones de producción, también modifica los precios, los ingresos, el empleo y las decisiones de inversión. El verdadero costo económico no siempre aparece cuando ocurre el desastre: muchas veces se extiende durante meses o incluso años.

El reto consiste en pasar de una cultura de reconstrucción a una cultura de prevención. Ya no basta con preguntarnos cuánto produce una economía; también debemos preguntarnos qué parte de esa producción está expuesta y cuánto estamos dispuestos a invertir para protegerla. Quizá el verdadero costo del cambio climático no sea solamente lo que perdamos ante un evento extremo, sino todo aquello que pudimos evitar si hubiéramos decidido anticiparnos.

Desde esta perspectiva, prevenir no significa necesariamente gastar más, sino invertir de manera diferente. Incorporar el riesgo climático en la infraestructura, la producción y las decisiones empresariales puede reducir pérdidas futuras y proteger la productividad. Al mismo tiempo, tecnologías más eficientes, agricultura adaptada y soluciones vinculadas con la economía verde pueden convertir la adaptación en una oportunidad de modernización.

Aquí aparece una pregunta que merece mayor atención: ¿cuánto cuesta prevenir y cuánto cuesta no hacerlo? El primer costo suele aparecer en un presupuesto; el segundo, después del desastre, en cultivos perdidos, infraestructura dañada, interrupciones productivas, reconstrucción y pérdida de ingresos. El problema es que el costo de no prevenir suele hacerse visible cuando ya es demasiado tarde.

Por ello, la adaptación climática debe entenderse como una decisión económica y no solamente ambiental. Invertir en información climática, infraestructura resiliente, sistemas de alerta, seguros, tecnología, gestión del agua y diversificación productiva puede representar un costo presente, pero también evitar pérdidas mayores en el futuro. En esta línea, el Ministerio del Ambiente aprobó en 2025 una guía para evaluar económicamente las medidas de adaptación y mitigación (MINAM, 2025a).

A ello se suma un costo menos visible: la incertidumbre. Un productor que desconoce cómo se comportarán las lluvias, una empresa que no puede anticipar el abastecimiento de sus insumos o una obra que no incorpora escenarios climáticos enfrentan mayores dificultades para planificar. En estos casos, el costo no está solamente en el daño, sino en haber tomado decisiones sin considerar el riesgo.

La agricultura es uno de los sectores más expuestos, pero el riesgo alcanza también al agua, la pesca, la infraestructura, la energía y otras actividades productivas. Además, no todos tienen la misma capacidad para responder: los pequeños productores y los hogares con menores ingresos suelen enfrentar mayores dificultades para recuperarse de una pérdida. Una emergencia climática tampoco termina cuando pasa el evento. Una menor producción agrícola puede reducir ingresos; una carretera interrumpida puede elevar los costos de transporte; una menor oferta de alimentos puede trasladarse a los precios; y una empresa que enfrenta incertidumbre sobre sus insumos puede postergar inversiones. El evento puede ser temporal, pero sus efectos económicos pueden prolongarse.

La actualidad vuelve especialmente relevante esta discusión. La Comisión Multisectorial ENFEN mantiene el estado de Alerta de El Niño Costero y, en su Comunicado Oficial N.° 17-2026, recomendó considerar los escenarios de riesgo y adoptar medidas de reducción y preparación (ENFEN, 2026). Esto recuerda que la prevención debe comenzar antes de que aparezcan las pérdidas. La evidencia reciente para el Perú permite observar esta relación. Una investigación del Banco Central de Reserva del Perú, publicada en 2025, señala que los episodios de El Niño pueden generar efectos similares a los de un shock de oferta: presionan los precios y, al mismo tiempo, reducen la actividad económica. Sus efectos, además, pueden variar entre sectores y prolongarse en el tiempo (Aguirre et al., 2025).

Durante mucho tiempo, el cambio climático fue presentado principalmente como un problema ambiental. Esa mirada resulta insuficiente. Cuando un fenómeno como El Niño altera las lluvias, las temperaturas, el mar o las condiciones de producción, también puede afectar los precios, los ingresos, el empleo y las decisiones de inversión. El problema climático, por tanto, también es un problema económico.

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