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¿Bullying desde el nido? Las señales que no deben ignorar padres y docentes

Por: Universidad César Vallejo
Campus Los Olivos
septiembre 25, 2026
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  • Especialista en Educación Inicial advierte que algunas conductas de agresión, exclusión o intimidación pueden aparecer desde los primeros años y requieren una intervención oportuna.

¿Tu hijo llega del nido más callado de lo habitual, ya no quiere jugar con sus compañeros o de pronto dice que no quiere volver al colegio? No siempre es “una etapa” o una simple pelea entre niños. Detrás de estos cambios pueden existir situaciones de rechazo, agresión o exclusión que padres y docentes deben aprender a reconocer a tiempo.

En los primeros años de vida, los niños todavía están aprendiendo a reconocer y expresar sus emociones, relacionarse con los demás y resolver conflictos. Por ello, identificar tempranamente conductas de agresión, rechazo o exclusión resulta fundamental para prevenir que estas dinámicas se consoliden durante las siguientes etapas educativas.

La Mgtr. Dora Julia Tamariz Jaime, docente de la carrera de Educación Inicial de la Universidad César Vallejo - campus Los Olivos, explica que el trabajo de prevención comienza desde las aulas, pero debe involucrar también a las familias.

“En educación inicial no se trata de etiquetar a un niño como agresor o víctima, sino de observar qué está ocurriendo, comprender la conducta y enseñar progresivamente formas adecuadas de relacionarse con los demás; debemos promover la convivencia desde la competencia; así inician las interacciones con los demás”, señala la especialista.

Las señales que pueden pasar desapercibidas

Según la Mgtr. Tamariz, existen comportamientos que pueden llamar la atención cuando se presentan de manera recurrente: un niño que siempre es excluido de los juegos, que evita participar, que manifiesta temor frente a determinados compañeros, presenta cambios repentinos de ánimo o expresa reiteradamente que no quiere asistir al aula.

También deben observarse conductas como burlas constantes, apodos, empujones, golpes, destrucción de objetos o la exclusión sistemática de un compañero. “Una diferencia importante está en no confundir un conflicto ocasional entre niños con una situación de violencia que se repite y genera afectación. El docente debe observar la frecuencia, el contexto y la manera en que estos comportamientos están impactando en el niño, pasa que muchas veces normalizamos acciones de conflicto y, cuando ello se agudiza y queremos intervenir, es tarde”, precisa.

¿Por qué intervenir desde los primeros años?

La especialista sostiene que la educación inicial representa una etapa clave para desarrollar habilidades socioemocionales como la empatía, la comunicación, la autorregulación y la resolución pacífica de conflictos.

“Un niño pequeño todavía está aprendiendo a manejar la frustración, esperar turnos, compartir y expresar lo que siente. Por ello, la educación inicial es un espacio fundamental para acompañar los aprendizajes; situaciones cotidianas como el juego y la convivencia permiten que los niños reconozcan sus emociones, que escuchen a los demás y encuentren situaciones sencillas de resolver conflictos. La escuela tiene la oportunidad de convertir esas situaciones cotidianas en experiencias para aprender a convivir”, explica.

Por ello, las estrategias no deberían limitarse a llamar la atención cuando ocurre una agresión. El acompañamiento debe incluir actividades de juego, cuentos, dramatizaciones, dinámicas grupales y espacios de diálogo que permitan a los niños reconocer sus emociones y comprender cómo sus acciones pueden afectar a los demás.

La señal que los padres no deberían ignorar

Uno de los principales retos está en reconocer cambios de comportamiento que pueden parecer pequeños, pero que se mantienen en el tiempo.

“Si un niño cambia de manera repentina su comportamiento, deja de querer asistir al colegio, se muestra más retraído, presenta temor o comienza a expresar frases como ‘no quieren jugar conmigo’ o ‘dice que no soy su amigo’, es importante prestar atención. Estas acciones no necesariamente significan que exista un problema grave, pero sí indican que algo puede estar afectando y merece ser escuchado. Lo recomendable es conversar con el niño con calma y sin juzgarlo, mantener comunicación estrecha con la docente para comprender qué está sucediendo.  No debemos esperar a que la situación se agrave para actuar”, recomienda la docente.

La profesional también destaca que la comunicación entre familia y escuela debe evitar la confrontación inmediata y priorizar la búsqueda conjunta de soluciones.

Prevenir antes que reaccionar

Desde la carrera de Educación Inicial de la Universidad César Vallejo, se promueve una formación que prepara a los futuros docentes para comprender el desarrollo integral de los niños y generar espacios educativos seguros, inclusivos y respetuosos.

La prevención de la violencia empieza mucho antes de que un conflicto se convierta en un problema mayor. Enseñar a los niños a reconocer sus emociones, escuchar al otro, respetar diferencias y resolver desacuerdos forma parte también de educar.

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