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Ser-gris-siendo-blanco-o-negro

Ser gris, siendo blanco o negro; ser naranja siendo amarillo o rojo

Por: Mgtr. Isaac Saavedra Torres
Docente Renacyt
Campus Chiclayo
octubre 9, 2026
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Ser-gris-siendo-blanco-o-negro

La identidad no solo es una propiedad personal, es también una historia de encuentros.

Seguramente, las personas en general lo han notado. Por ello, la pregunta no es si saben o no que existe un cambio al relacionarse; la pregunta es si la persona con quien se relacionan permite que adquieran una mejor versión de sí mismas.

Quizá uno de los errores más frecuentes es pensar que, a cierta edad, el ser humano es una identidad terminada. Eso no pasa ni con los objetos, pues nadie llega al mundo con una forma y se queda con esta. Por otro lado, no siempre el cambio significa dejar de ser quien era; a veces, es llegar a ser algo que antes no era. Ni el blanco ni el negro dejan de existir cuando ambos se encuentran.

Para ejemplificar, comentaré brevemente la historia de Carlos y Roger. Ambos hermanos, con un año de diferencia de edad, asisten a la misma escuela y viven en el mismo distrito. Frecuentaban los mismos amigos durante la infancia y adolescencia; sin embargo, durante la juventud, Roger ingresó a la universidad y Carlos se dedicó a trabajar en el campo, como sus abuelos y padres. Años más tarde, Carlos continuó con el trabajo de campo, sin generar cambios en su dinámica ni estilo de vida, y visitó a sus amigos de la adolescencia durante todos los años posteriores. Mientras tanto, Roger terminó la universidad, empezó a trabajar inmediatamente, conoció nuevos amigos, salió de la casa de sus padres y, evidentemente, cambió su estilo de vida.

Trabajar en el campo, vivir en la misma casa o visitar a los mismos amigos de la adolescencia no es para nada negativo si solo se reconoce ello tal y como se lee, sin analizar la profundidad del significado que puede tener: la comodidad, el confort, evitar asumir riesgos, permanecer sin ver el mundo que aún no conoce, limitarse a aquello que resulta familiar y renunciar a explorar otras posibilidades. En este sentido, el problema no consiste en permanecer, sino en no permitirse elegir de manera diferente por temor a lo desconocido, haciendo de la estabilidad un estancamiento y no una elección.

Ni siquiera funciona como metáfora porque no deja de ser literal: “el que no se mueve no cambia de lugar”. ¿Cuántas veces, al conocer un nuevo país, lugar o persona, te das cuenta de que el mundo no es lo que conocías hasta dicho entonces? ¿Cuántas veces la interacción te permitió conocer algo que no conocías y llegaste a sentirte extraño? A veces, permanecer en el mismo lugar puede significar permanecer dentro de la misma versión de sí mismo.

En un ejemplo, en el mito de la caverna de Platón, unos prisioneros encadenados en una cueva oscura solo veían las sombras de objetos reflejadas en la pared por un fuego situado detrás de ellos, creyendo que esa era la única realidad. Cuando uno de ellos es liberado y sale al exterior, el sol lo ciega al principio, pero luego descubre el mundo real y las ideas verdaderas. Al regresar para liberar a sus compañeros y contarles la verdad, estos se burlan de él y lo rechazan, prefiriendo quedarse en su cómoda ignorancia.

Reflexionando sobre ello, ¿cuántas veces rechazamos el cambio por miedo a abandonar aquello que conocemos? ¿Cuánto conocemos del mundo? No necesariamente del mundo físico, sino de aquel mundo que muchos ignoran: el espiritual, el mundo interno que nos limita o nos brinda posibilidades de cambio. Cambiar implica experimentar la incomodidad de haber salido de la caverna y enfrentar una realidad desconocida, esa incomodidad que puede resultar siendo el comienzo de una comprensión más amplia de sí mismo. Las transformaciones parten del cuestionamiento, de la reflexión sobre la experiencia, de permitir el encuentro con otras personas, ideales o circunstancias que interrumpan aquello que parecía inamovible.

Ahora bien, también está el otro lado punzante: no todo encuentro transforma para bien. Las relaciones pueden producir crecimiento o reforzar nuestros miedos y conductas agresivas. Por ello, la pregunta “¿Quién soy?” debería ser amplia y modificarse por “¿Quién estoy siendo a partir de las personas con quienes interacciono?”.

Termino el párrafo teniendo en cuenta que es necesario comprender que somos seres humanos de vínculos, pérdidas, identificaciones, de palabras que nos dijeron y de aquellas que no, o aún no. Somos lo que decidimos tomar y aquello de lo que nos dimos cuenta de que sí existe.

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